La tribuna

miryam Rodríguez-izquierdo

Querida censura: el pueblo no te olvida

CON la prohibición constitucional de la censura parecía que en España se iba a acabar por fin con esa manía patria de callarle la boca al otro. Esta es una manía atávica que funciona sin un porqué, sino con un "porque sí", porque algunas cosas que se dicen son de mal gusto, mientras otras son un disgusto. La razón la tiene el que habla más alto y las cosas sólo pueden ser de una manera. Mala suerte. La experiencia prueba que las normas jurídicas no terminan con los hábitos adquiridos, sobre todo con los malos. La Constitución aniquiló la censura, ningún tipo quedó permitido, pero con la muerte de la censura, a diferencia de con la del perro, no acabó la rabia. Sí, se acabaron las comisiones y juntas de censores, la mutilación sangrienta de obras literarias, cinematográficas, teatrales, artísticas… Esa censura, la burda, estaba erradicada. No obstante, su espíritu sobrevivió en otros cuerpos.

La censura adopta muchas vestimentas. Incluso en un Estado democrático su amenaza persevera, pues si bien impedir de forma directa la difusión de una obra determinada es algo escandaloso, y repele a todos, hay formas sutiles de censura, así como medidas que, aun sin intención real de censurar, tienen un efecto inhibitorio de la libertad de expresión. En la doctrina estadounidense sobre la Primera Enmienda se explica una interesante distinción entre dos tipos de restricciones prohibidas de las libertades comunicativas. Las primeras son las restricciones que están basadas en los contenidos, las que atacan ideas, pensamientos, discursos, obras concretas. Están netamente prohibidas. Las segundas, que también están prohibidas, y con la misma contundencia, son las restricciones neutrales. Se refieren, en primer término, a los distintos disfraces que puede ponerse la censura, cuando se interponen obstáculos temporales, geográficos o mediáticos a la difusión de contenidos, independientemente de cuáles sean estos. Pero las restricciones neutrales pueden llegar más lejos, por lo que para combatirlas los jueces norteamericanos llegan a escrutar acciones aparentemente inocuas, como puede ser la concesión de una determinada subvención, si tienen como consecuencia, aun indeseada, disuadir acerca de la comunicación de ciertas ideas. El estudio de estas restricciones content-neutral es apasionante. Y lo es, entre otras cosas, porque detrás del meticuloso análisis que los jueces norteamericanos hacen para no consentirlas está la convicción del pueblo estadounidense de que un poder público no puede obstaculizar la libertad de expresión de ninguna manera.

Aquí, al otro lado del Atlántico, nuestras convicciones sobre esa libertad no son tan firmes. La censura, desahuciada y abolida, se nos aparece y no sólo en espíritu, sino con forma corpórea. En el ámbito público, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona cancela una exposición por una obra, La Bestia y el Soberano de la austriaca Ines Doujak, que resulta inconveniente. Como si el arte contemporáneo se plegara a conveniencias. La reacción ciudadana en las redes sociales es de sentida protesta y, ante eso, el museo se retracta y la exposición abre. Pero las apariciones tétricas se repiten. En un festival de música en Benicàssim, la asociación cultural organizadora condiciona la actuación de un artista judío, Matisyahu, a una declaración política sobre el conflicto entre Israel y Palestina. La indignación popular vuelve a sentirse, pero hay controversia, pues declaraciones de condena se mezclan con otras en sentido contrario.

Cuando se necesitan muchos tuits para disipar el espíritu de la censura, es que la libertad no está segura. Y es que aquí nos falta la convicción del pueblo estadounidense, como se evidencia cuando parte de nuestra ciudadanía reclama medidas censoras. A la Universidad de Sevilla se le exigió que retirara de un ciclo cultural la película Disengagement, del director israelí Amos Gitai. Por internet circulan peticiones para que se impida la participación de El Juli en cursos de cultura taurina... No, no estamos convencidos. Por eso un diputado rompe páginas de la Constitución en el curso de un debate parlamentario, con la cuestión soberanista en el aire y las elecciones catalanas en ciernes, y hay voces que lo criminalizan. Parece que la Constitución acabó con la censura más burda, pero la libertad de expresión convive en España con su terrorífico espectro.

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