No Sin Música 2023 en Cádiz Así queda el cartel del festival con las últimas confirmaciones

Yo te digo mi verdad

Quemar para mamar

En muchas negociaciones se llega a un punto de no avance con las palabras y entonces vienen los alardes de fuerza

En un mundo ideal, ese que a todos (bueno, digamos a casi todos) nos gustaría, empresarios y trabajadores se reunirían en torno a una mesa de diálogo y defenderían sus posturas, propuestas y discordancias en un tono más o menos mesurado, con el lógico espíritu de acuerdo que debería desembocar en un pacto bueno para todos, es decir, no totalmente satisfactorio para ninguna de las partes.

En ese mundo ideal, los patronos comprenderían que lograr las mejores condiciones posibles en cada momento para sus empleados es el objetivo más conveniente, y los asalariados verían claro que unas exigencias demasiado altas van en contra de sus propios intereses. En el mundo que no existe, la parte económica y la parte social, en realidad se confundirían puesto que el propósito final de ambas sería el mismo: la pervivencia de una comunión en busca de prosperidad.

En el mundo real, en cambio, lo que se produce en las numerosas ocasiones en las que el diálogo fracasa y se rompe, es el enfrentamiento de dos fuerzas: los dueños de las empresas, que cuentan con el respaldo de su propio poder económico y, en muchas ocasiones, el de las leyes y el sistema imperante; y por otro lado, los obreros (sea su cuello del color que sea) que, al final, cuentan con la energía que les proporciona el ser más, y con las movilizaciones que con eso puedan llevar a cabo.

A mi modo de ver, lo que está ocurriendo con el conflicto del Metal en Cádiz es simple y llanamente eso: los empresarios exhiben con su postura la fuerza que les da ser los empleadores, y los trabajadores han echado mano de su último recurso ante el enconamiento de las negociaciones. Nada nuevo en el difícil escenario de las relaciones laborales, o sea en el mundo real. La movilización lleva aparejada en esta ocasión numerosas 'molestias' al vecindario, muchas de ellas más que indeseables, como los cortes de tráfico y la destrucción y quema de materiales públicos, condenables siempre desde nuestra posición de ajenos al sufrimiento de las partes.

En muchas negociaciones se llega a un punto de no avance con las palabras y entonces vienen los desoladores alardes de fuerza: el "allá vosotros" del empresario y el "pues ya veréis" del asalariado. Y al final, en el peor escenario, la realidad inexorable viene a dar la razón al descorazonador comentario del alcalde de Cádiz, es decir, que si no quemas algo no te hacen ni caso. O dicho en lenguaje antiguo, el que no llora no mama.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios