Puente de Ureña

Rafael / Duarte

Puente de la Inmaculada

ESTAS fechas, el Puente de la Inmaculada o de la Constitución, me trasladan, inmediatamente, a la Navidad. Los primeros fríos son como los primeros calores, antesala nostálgica del invierno o el verano. Ves los acebos en flor, los lentiscos, el rocío de la mañana que es más grueso, como un sudor a la inversa, y ves, en los juncos de la playa, cantando, al jilguerillo o al verdón, en sus atalayas de cañas o salicornias, con ese acento irrepetible que tienen sus gargantas. Y te meten en ese pozo de melancolía, que escribe en este Diario, García Maíquez, que son las playas en invierno, al pensar que cuando mueras no oirás esos trinos, no verás nunca más los acantilados grises de los cirros, ni la bóveda estrellada, ni…

El mar se rompe con las piedras en batidos de sal, el mar, inmaculado e irredento, salta, apasionado, como una cabellera bien revuelta. Camino por la playa, pienso en el misterio de la Encarnación. La anunciación de Fra Angélico, la Virgen, con las manos cruzadas sobre el pecho, recogida en aceptación, la Virgen lleva una túnica de color rosado y un manto azul ultramar y ha suspendido su lectura, el libro en el regazo, árboles y flores miniaturizados, y una golondrina en el capitel de una columna. Ese recogimiento de María, esa floresta, esa golondrina, hacen que sienta a María en esta tierra, tan nuestra, tan tierna, tan abandonada.

Una de las evidencias de su existencia, humildemente para mí, es el ateísmo. Si la inexistencia de todo es su bandera, ¿Qué quieren destruir cuando atacan su idea o sus dogmas? Si no existe, es imposible destruir la nada. ¿Entonces qué pretenden destruir? Esto es dogma para mí. Para muchos. Cansado de los ataques a creencias e ideas, me he salido a la playa. En la playa con sus veredas arenosas pienso en Belén, casa del pan, Carmelo, corderocircunciso, Tabor, pureza, Jordán, juicio, José, aumentodeDios, Jesús, salvador, y ella, María, Señora de la Mar.

Así en la playa sabe a eco su nombre, a mar azul, a espuma suelta y blanca, a pureza, a aves que llevan ese canto coral de la mañana por encima de agobios y de estrés, más allá de la ansiedad que cuando aprieta el pecho tiene puño de conchas apresadas… Sobre todo cuando un corazón en medio de la noche es siempre una tormenta.

Empieza la Navidad. Surge la Navidad, la encarnación, una mañana en la misma playa donde otros buscan drogas, alijos, mercaderes del templo de ese mar, que hoy, puro, lleva el nombre de Ella.

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