HABLANDO EN EL DESIERTO

Francisco Bejarano

Prisa en embrollar

La sospecha de que los actuales gobernantes españoles tienen los días contados está cada vez más fundada. Una de las señales más claras es que no tienen reposo. Corren y se afanan por dejar decretadas una serie de disposiciones que no hacen falta, que nada solucionan y que nadie pide: persecución de los fumadores, inconvenientes para las manifestaciones religiosas públicas, aprendizaje del sexo oral a partir de los once años, una ley del aborto que repugna a las personas decentes, una educación nefasta y, por citar sólo algunas entre muchas, declaración del español como lenguaje sexista sin pararse a pensar cómo se forman los idiomas. Prisa por enredar para que lo desenrede el que venga, para confundir el pensamiento y las conciencias de las personas sencillas y crearles una miseria moral de la que es más complejo salir que de la ruina económica. Cuanto más interviene un gobierno en las vidas privadas más reaccionario es.

Sin embargo, todas las decisiones políticas citadas y otras que están en las mentes de todos, más las que vendrán, si les damos tiempo, se toman en nombre de la libertad y del progreso, y se les reprocha a quienes las rechazan su oposición a los avances sociales. Es difícil avanzar a empujones. Las costumbres, las lenguas y los valores morales de una sociedad, sean los que sean, son resistentes y no se cambian por decreto. A los decretos les sigue un silencio general, que en buena parte es indiferencia, frente a las minorías organizadas, ávidas de mentiras y extravagancias, que parecen muchos porque gritan más. Cada cual en su vida y en su casa obedece a su conciencia y a su fuero interno, como ha ocurrido siempre que los gobiernos reaccionarios han intentado intervenir en la intimidad de las personas. Todo sigue igual mientras los gobernantes se hacen la ilusión de responder a una realidad social que sólo está en su imaginación.

Desconocemos el proceso por el cual los altos cargos políticos se distancian de la realidad y acaban creyendo en la del mundo pequeño que se han creado. Debería ser al revés: al tener acceso fácil a la información deberían conocer bien las inquietudes mayoritarias de la nación, sus deseos y aspiraciones más comunes. Casi sin darse cuenta, se desacreditan y pierden el favor popular. Durante la efímera I República, Castelar, intelectual antes que político, recibió una carta de Victor Hugo en la que le advertía de la pérdida de popularidad como escritor, igual que le pasó a Lamartine en Francia, por su actividad política en tiempos revueltos. El propio Hugo se ponía como ejemplo: "A pesar de mis años, conservo la popularidad." "¿Sabe usted por qué la conserva?" - le escribió Castelar- Porque nunca fue ministro." El ejercicio de la política debería ser una búsqueda del bien común y la defensa de la libertad de cada uno para salvarse o destruirse, renunciando a la tentación de salvarnos contra nuestra voluntad.

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