La firma invitada

José Manuel Jareño, Decano del Colegio de Abogados de Cádiz. Consejero del Consejo Andaluz de Colegios

Presidente Del Río (simplemente un juez)

TARDÍO, como casi siempre, pero cierto, ha estado esta vez el Consejo General del Poder Judicial -órgano constitucional que, como su propia denominación dice, gobierna a los jueces y magistrados-, al nombrar con amplía mayoría de votos a Lorenzo del Río Fernández, presidente de la Audiencia Provincial de Cádiz, para presidir el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía, Ceuta y Melilla.

No sé si ha sido producto de un intercambio de cromos a que acostumbran las llamadas asociaciones judiciales,  denominación eufemística de los sindicatos de jueces. Y esta vez, de ser así, poco importa. Importa que un gaditano nacido en Jódar (Jaén), honrado y capaz, bien preparado, curtido en la no fácil Presidencia de Cádiz, habilidoso y discreto, suavemente firme, independiente y humano, cercano a todos y especialmente a los abogados, se va a sentar en el sillón de la Antigua Chancillería de Granada. Ha llegado a la cúspide estatutaria, triada que formará con el presidente de la Junta de Andalucía (poder ejecutivo) y con el del Parlamento (poder legislativo).

De Río, contra lo que ahora afirman  los aduladores profesionales, expertos del incensario, no es un supermán de la Justicia; tampoco lo pretende, ni falta que nos hace. Pero tiene todas las cualidades para servir a la sociedad andaluza que necesita respuestas rápidas de jueces y tribunales y que se encuentra en unos años difíciles, de transformaciones sociales incoercibles y con la esperanza en una Justicia que debe replantearse en sus medios y en las mentalidades, especialmente. Una Justicia nueva que los ciudadanos sientan más próxima y eficaz, en vez de una máquina obsoleta y cachazuda, burocratizada hasta la exageración, elefante de papeles, ritos y fórmulas, entre unos señores y señoras muy serios (por no decir antipáticos) revestidos de toga, con una lenguaje ininteligible ("no entiendo nada,  a pesar de que hablan de mí", me decía un justiciable…) y a  los que se respeta a base de temerles.

Pero de casta le viene al galgo, Lorenzo. No es un 'sprinter' y el Paseo Marítimo de Cádiz puede atestiguarlo, sino un corredor de fondo. Y si no nació juez, poco le faltó. Don Juan, su padre, ha sido su modelo. También como hombre honrado, como juez serio y concienzudo que vino a Cádiz con su mujer Isabel y una caterva de chiquillos en el ya lejano enero de 1976. Se diría que Lorenzo fue diseñado para juez y nada más terminar la carrera de Derecho, se encerró (¿para cuándo un procedimiento mejor y más humano y sensato para seleccionar a los jueces y a los funcionarios públicos en general, menos memorístico, más curricular y ganado a lo largo del esfuerzo global en el tiempo. No hablo, precisamente, de un 'colaero'…) con la severa y experta dirección de un juez, estupendo civilista y no menos prestigioso preparador, don Manuel Zambrano Ballester, para hacerse primero juez de distrito y luego, sin respiro, de primera instancia e instrucción. Sanlúcar de Barrameda, Jerez -Ruta de la Uva- y Las Palmas, muy poco tiempo, fueron sus destinos hasta llegar a magistrado presidiendo la Sección Segunda y alcanzando la de la Audiencia de Cádiz.

El juez don Juan del Río me contó, hace muchos años, que Baltasar Garzón debe su vocación (de juez, no de personaje público) a una conferencia de orientación profesional que él dio a los de COU en el colegio donde, juntamente con Lorenzo, estudiaba Baltasar. Y ello fue, años después, así reconocido por éste en un libro de memorias. Compañeros de habitación, creo recordar, de oposiciones, de promoción, amigos a la postre, Del Río es la antítesis de Baltasar, quien visto lo visto, es una verdadera lástima que el día de la charla de don Juan no hiciera rabona. Como abogado no me resisto a decir que su auto ordenando la intervención en los locutorios de prisión de la comunicaciones entre unos abogados y sus defendidos es uno de los ataques más escandalosos y bochornosos, más bestiales, al Estado de Derecho, al secreto profesional, al derecho constitucional de defensa, que se ha producido  desde 1978, a mi criterio -compartido con miles de abogados- constitutivo indiciariamente de delito, y sin precedentes conocidos en los últimos 75 años. Ni el juez o la jueza más reaccionario/a hubiera dictado, nunca mejor dicho, tal resolución. Por no hablar del periplo realizado por el Judicial, el Legislativo y el Ejecutivo, sin solución de continuidad, todo ello, es decir, completito.

Casado con Conchita Romero, hija de un abogado de categoría, caballero entre los caballeros,  Juan J. Romero Armas, secretario general de la Cámara de Comercio, Industria y Navegación de Cádiz, que nos dejó prematuramente, tiene tres hijos. Con Conchi  y sus hijos se siente en plenitud.

Sí, habemus, aleluya, Papa, en la Justicia andaluza. Un Papa que habrá de trabajar con más de 900 jueces y magistrados (cosa harto compleja) y todos acostumbrados a mandar; con los abogados y con  los procuradores, con los funcionarios, con las Instituciones… y que a buen seguro no perderá el pulso de la calle que tanto le gusta tomar.

No es un supermán de la Justicia, ni es  eso lo que necesitamos. Es un estudioso del Derecho, un hombre de despacho, poco dado a las medallas y distinciones -por las que nunca movió un teléfono- y a cuyos actos -salvo excepciones sentimentales- asiste educadamente como carga del cargo.

Con lo que tenemos, reorganizando los recursos y la planta judicial, cambiando conceptos y estructuras ineficientes, podemos hacer mejor las cosas. Es su tesis, que, traducido resulta: la Justicia tiene, puede y debe funcionar bastante mejor.

Por eso cuando una periodista me pedía una primera impresión, a vuela pluma, sobre el nombramiento, dije que los abogados llenaríamos un autobús para ir a su toma de posesión a Granada. Eso fue la anécdota -comía con seis testigos de excepción- porque en esencia dije que estábamos ante un hombre honesto, un buen gestor, un excelente juez, y un gaditano de Ley.

Tiene el nuevo inquilino de la Plaza Nueva de Granada un hombre con  "esa humildad  frente al abogado que también representa la augusta idea de la defensa" y esa "fe en el Derecho" de las que hablaba ese jurista, catedrático de Derecho Procesal y abogado de principios del siglo XX, el fascinante Piero Calamandrei -discípulo de Chiovenda- que remataba: "cuando se trata de Derecho, de Justicia, el barco es de todos".

¡Que los vientos, patrón de la Justicia de Andalucía, te sean propicios! Presidente del Río, amigo Lorenzo.

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