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Cuchillo sin filo

Francisco Correal

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Pompeya

Da miedo la vigencia que tantos años después sigue teniendo 'El miedo a la libertad'

Cuando llegué a Madrid a estudiar Periodismo, uno de los libros de moda era El miedo a la libertad de Erich Fromm. Cuatro décadas largas después, me lo encontré en la sección de Filosofía de la Casa del Libro, segunda planta, compartiendo espacio con los libros para el público infantil y adolescente. Mientras mi hijo ojeaba embebido una enciclopedia ilustrada titulada Animales Increíbles abrí las páginas del libro de Fromm. Lo que me dio miedo de El miedo a la libertad fue la vigencia de sus planteamientos. Cualquier colectivo que conquista una parcela de libertad, tiende a convertirla en un privilegio, dice en su primera página. Seguí curioseando. Félix Ovejero firma un libro titulado La izquierda reaccionaria. Es mucho más reciente que el de Fromm. Leí la cita de apertura: "El miedo a la verdad conduce al autoengaño". Miedo a la libertad, miedo a la verdad. ¿No estaría en la planta de libros de terror? Mi hijo seguía con su fauna esotérica. ¿Animales Increíbles? Uno de ellos era por su resistencia al calor el llamado gusano de Pompeya. No conozco animal más increíble que el ser humano, que muchas veces es el increíble más animal.

De los miedos hablaba el actor Antonio de la Torre en la entrevista que le hacían en la Sexta. Le hicieron una prueba divertida: de una serie de frases, tenía que averiguar si las habían dicho actores o políticos. Muy bien llevado, porque los políticos, y más en campaña electoral, se comportan como actores ante su público y los actores españoles, por un adanismo rayano en la patología, hablan como políticos. Es lógica esa permuta de papeles porque ambos viven de la representación, unos por sufragio universal y otros por el universal sufragio de la taquilla.

Entre los miedos incrustados en determinados cenáculos está el de los votos que pueda sacar Vox. Entendería ese alarmismo si contara con la reciprocidad de su contrario, el alarmismo del auge de Podemos y sus marcas blancas o lapislázuli. Sin ese contrapeso de alarmas, la precaución, el miedo me parece sectario o cuanto menos miope. Es verdad que uno tiene representación en las instituciones y el otro no. Más que un privilegio democrático, es simplemente demográfico. Si sólo nos preocupamos de uno de los extremos, la mesa se terminará cayendo.

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