La tribuna

Emilio A. Díaz Berenguer

Políticos de la pata de Don Pelayo

LAS superestructuras de los partidos políticos se rigen por unas normas no escritas que se cumplen más a rajatabla que sus propios estatutos. El espíritu de la Transición salpicó negativamente a la calidad democrática de dichas organizaciones, como reflejo de un Estado en libertad condicional, nacido del consenso de los partidos, hasta entonces ilegales, con los que habían gestionado los últimos años de la dictadura. Los españoles carecieron de libertad para decidir sobre el modelo de Estado; fue un trágala que incluía la herencia de una monarquía atada, y bien atada, por el dictador en su testamento político. Votar sí a la Constitución en 1978 suponía respaldar un régimen que no apoyaba la mayoría de los españoles.

La Constitución ampara la estabilidad de las estructuras de los partidos políticos, como condición sine qua non para apalancar un modelo democrático representativo, pero deficitariamente participativo. Es como si sólo pudieras acudir a tu médico de cabecera cada cuatro años. El poder orgánico se hereda entre las facciones que controlan los aparatos, los pata negra, los que provienen de la pata de Don Pelayo.

No hay excepciones, tan sólo desviaciones ante la imposibilidad de controlar, siempre y en todo lugar, el factor humano, tal como pudo ser en el PSOE nacional la elección "corregida" de Borrell o la de Griñán en Andalucía. En este último caso dicho factor tuvo nombre y apellidos, Manuel Chaves, el que fue candidato a palos, y que, en su día, logró pactar con Gaspar Zarrías para contar con el apoyo del partido en Jaén, pero que nunca tuvo el del PSOE sevillano hasta que acabó con el imperio de Pepe Caballos en 2004.

El modelo tolera a un outsider como Zapatero, pero no a un verso suelto como Borrell. Al fin y al cabo, Zapatero era uno de los herederos naturales de la generación socialista de la Transición que podía defender el sistema mejor que el propio Bono, un advenedizo proveniente de la teta del profesor Tierno, ostentosamente ambicioso y que podía convertirse en una chinita en el zapato socialista por razones de índole freudiana. Valía más un Zapatero en mano que un Bono volando, a pesar de opiniones tan erráticas como las del propio Felipe González. Guerra, sin embargo, defendió el sistema por encima de todo y se opuso a Bono, facilitando la llegada de Zapatero a la Secretaría General del PSOE; para él era un bambi, pero, es "nuestro" bambi, debió pensar.

Lo de Griñán ha sido de manual. No era pata negra y llegó a la cumbre del poder sólo gracias a sus felices relaciones con uno de los máximos baluartes en la defensa del sistema, quien, por otra parte, no pertenecía, a la élite de las ideas, sino al equipo operativo. Con la elección de su sucesor, Chaves puso en marcha una estrategia que nunca fue aceptada por el PSOE-A. Se escribía así la crónica de una muerte política anunciada, la de Griñán, y el final del propio Chaves como político con mando en plaza. En el asunto de los ERE, los dejarán tirados cuando su defensa pudiera ir contra los intereses del PSOE.

Los partidos políticos han venido tratando la regeneración como un virus al que había que aislar y, a ser posible, fagocitar. A cambio se imponía la autogeneración, que supone la aplicación de un modelo lampedusiano del poder. La llegada de Griñán a la Presidencia de la Junta de Andalucía representaba un mal necesario que el propio Chaves creía que controlaría conservando la Secretaría General. Pronto se demostró que había cometido un craso error de cálculo. Griñán comprobó que sin el partido no era nadie en política y que estaba rodeado de lobos y lobas que le morderían más pronto que tarde. Él no era un pata negra y cuando se apercibió de ello atentó contra su propio progenitor y, hasta entonces, también amigo personal.

Poco después se alió con quien creía que podía compensar su carencia, pero eso no le bastaría. Además, la bomba fétida de los ERE se iba acercando demasiado y él no iba a permitir que le alcanzara sin un grado de autonomía personal suficiente para defenderse.

Griñán optó por la libertad y, como buen pigmalión que es, diseñó su propia galatea, preparándola para el relevo convencido de que ella sí sería capaz de normalizar lo que él había trastocado al creerse arrogado con un poder que nunca tuvo. Eligió a Susana Díaz, una de las representantes más genuinas de la nueva generación de los pata negra del PSOE-A, la cual aplicó algunos de los principios fundamentales del partido socialista, logrando así el respaldo mayoritario de sus líderes provinciales que habían decidido que ella sí que era "una de los nuestros" y que con ella cualquier intento de regeneración estaría abocado al fracaso y la autogeneración renacería con el vigor y la fortaleza de siempre. Todo volvería a estar controlado. En un próximo Congreso recuperarían la Secretaría General y, mientras tanto irían diseñando una hoja de ruta que les ofreciera estabilidad en sus virreinatos, sin veleidades prolibertarias, a la vez que se asegurarían la llegada de los recursos necesarios desde las instituciones. ¿Qué más podían pedir?

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