Qué lejos quedan los tiempos en que los políticos se la jugaban sin red, respondiendo al periodista sobre la marcha en ruedas de prensa o el tradicional aquí te pillo, aquí te mato, que se conoce en el argot periodístico como 'canutazo'. Qué lejos, cuando ibas al Ayuntamiento para contrastar con el concejal de turno cualquier asunto, por espinoso que fuera. En un perfecto quid pro quo, te podía pedir que aguantaras la información o que no revelaras la fuente, pero siempre daban la cara. Hoy no sólo no responden, sino que encima no pueden hacer su trabajo porque no les dejan. Ya no es Rajoy el único que se comunica a través del plasma, ahora son legión los que no conceden una sola pregunta y menos en situaciones incómodas. ¿Para qué exponerse? Sólo les chifla convocar a los gráficos para vender su gestión con el mejor envoltorio.

Nuestros dirigentes son cada día más inaccesibles porque actúan al dictado de sus asesores de comunicación, cuyo trabajo tendría que consistir en aconsejarles -incluso diciéndoles lo que no quieren oír- para que sean capaces de conectar con la sociedad, pero que paradójicamente se dedican a mantenerlos aislados del periodista, no vaya a ser que digan lo que piensan. No pocos jefes de gabinete y de prensa presumen de tener más peso que media docena de concejales y así es, como si todos fuesen Fouché, el genio tenebroso, y los políticos simples floreros. Pero fracasan en su principal tarea: que la política esté bien vista por el gran público. No lo logran porque, en vez de buscar soluciones ante cualquier escenario, se pasan el día evitando que los políticos ejerzan con naturalidad, con errores y aciertos. Su objetivo es extender su propaganda con artimañas manipulativas, torpedeando la relación entre el poder y la prensa, que consagra el derecho a la información de la sociedad. La televisión abrió un canal directo -y sin intermediarios incómodos- al gran público, pero las redes son autopistas de la comunicación a las que no quieren renunciar. Y si tropiezas con un edil despistado, si no trata de huir, responde con evasivas: "Pregunta a prensa, no puedo hablar". Ni una palabra sin permiso del alto mando, como si se le pegara la lengua al paladar. Con ello, muchos cargos son desconocidos para el personal. Porque un político amordazado es como un jardín sin flores.

Los incontables filtros para acceder a la información solo son comparables a los golpes de pecho para presumir de transparencia. Algunos fenómenos se jactan de no conceder preguntas: "A mí no me pillas en ésa: nuestra gente de comunicación lo hace estupendamente, informando en las redes". Y los más jetas, los que prefieren el anonimato, confiesan sin pudor que "no me gustan las entrevistas". Olvidan que son tantos los tuits y tantas las parrafadas en facebook, que no les atienden ni sus convencidos. Algunos es mejor que no hablen porque dan miedo, como si no supieran de qué va esto. Pero con su desprecio a la prensa también desprecian a la gente al hurtar las respuestas que demanda la calle. Unas declaraciones precocinadas o un triste comunicado no explican la espantada de Torrot, el futuro del CFA, la falta de Presupuestos Municipales, un polémico nombramiento, ni nada que interese. El día que habló desde el plasma, Rajoy no podía salirse del guión, puesto que la situación era muy delicada. El resto hace ahora lo mismo ante cualquier pamplina: política ficción.

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