Su propio afán

Poderosa pereza

Tiene a su disposición una herramienta infalible para trabajar como un loco: su pereza

A VECES alguien me pregunta cómo trabajo tanto. Confieso que es, sobre todo, gracias a mi pereza. Me mira con cara de infinita paciencia, pensando que he intentado adornarme con otra paradoja chestertónica. Qué va.

La pereza es una de las fuerzas más formidables de la naturaleza. Al menos de la naturaleza humana. Mueve el mundo. Observe como la pereza del prójimo altera decisivamente su entorno laboral y social. Lo explicaba Mario Quintana, firme partidario de la indolencia. Según él, nada había contribuido más al progreso (al auténtico) de la humanidad. Uno al que le cansaba mucho caminar acabó por inventar la rueda. O que no quería echarse a la espalda un fardo.

Eso, el mundo y la historia; yo, en concreto, sigo el ejemplo. Para escribir un artículo nada me ayuda más que la pereza de escribir otro. Siempre tengo en la recámara un trabajo central, casi una víctima propiciatoria, que me produce una pereza invencible. Para no trabajar en él, hago otras cosas con la energía del que huye a toda velocidad. Hay quien sostiene que los récords de velocidad se han batido anónimamente por hombres y mujeres que huían de un león o de un toro o de un soldado enemigo. Cuando se huye, saca uno fuerzas de flaqueza. Tecleo a toda pastilla escabulléndome de un trabajo que me persigue agarrado a mi mala conciencia.

Tenemos que hacer tantas cosas que quien hace siempre lo que debe no acaba nunca. El que intenta escaquearse a toda costa, llevado de un temperamento anárquico o de un espíritu levantisco, terminará haciendo, qué remedio, lo que no tiene más remedio, pero, por los caminos zigzagueantes del despiste, habrá trabajado mucho en otras cosas.

Decía Natalia Ginzburg que a los niños había que educarlos en las grandes virtudes más que en las pequeñas. En la generosidad, mejor que en el ahorro. En el valor, antes que en la prudencia. En el sacrificio, y no en el cálculo. Yo añadiría que también hay que educarlos en los pequeños defectos, si se me entiende. Más en la pereza que en la envidia. Más en la frivolidad que en el puritanismo. La conjunción de virtudes magnánimas y defectos minúsculos da un carácter poderoso y agradable, sin ese perfeccionismo que… da tanta pereza.

Pero veo, espantado, que se me acaba el espacio de este artículo, que yo esperaba que me llevase más tiempo, y no tengo nada de ganas de ponerme a hacer lo que debería. A ver qué otra cosa se me ocurre escribir ahora.

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