Relato de verano

Sara Mesa

Perrita Country (4)

Comienza la convivencia bajo el mismo techo entre El Ujier, un enorme gato poco acostumbrado a la compañía, y Perrita Country, recién adoptada y todavía intimidada por las nuevas circunstancias. La narradora de esta historia registra metódicamente los avances, reacciones, pequeños gestos y aproximaciones que realizan ambos animales, al tiempo que sus propios temores y desconfianzas. Al fin y al cabo, también ella está llena de prejuicios. Este relato es una reflexión sobre la tolerancia, los espacios propios y ajenos y la necesidad de flexibilizar las costumbres.

Los siguientes días continuamos con las puertas cerradas. A veces, les permito que se vean, aunque ahora que lo pienso, no sé si el término adecuado es permitir, porque dicho así pareciera que doy el consentimiento a un deseo de ellos, y en realidad no sé si ellos quieren verse o prefieren seguir así, cada uno en su sitio. Quizá cuando dejo que se vean, lo que hago -sin pretenderlo- es obligarlos. Quizá me arriesgo. Quizá consiento. Quizá avanzo, o quizá retrocedo. No es fácil saberlo con estos animales. El Ujier mantiene su expresión perpleja y escandalizada, pero después de todo, ¿no es esa su expresión habitual, la misma que tiene ante una cosa tan nimia como, pongamos, un mosquito, un cachito de cuerda, una canica que rueda? Por su parte, Perrita Country no puede desprenderse de su mirada dulce y temerosa, bajando las largas pestañas ante cualquier pequeña novedad, sea El Ujier acercándose a ella, sea un comedero nuevo, un peluche, otro perro que se cruza en la calle o una visita a la veterinaria.

Oh, sí, veterinaria. Ésa es otra de las cuestiones que me inquieta. Me dijeron que la convivencia inesperada entre especies distintas puede ocasionar problemas de salud. Problemas para ambos. A El Ujier se le caería el pelo, perdería el apetito, se volvería irritable e incluso agresivo. Perrita Country podría desarrollar problemas digestivos, ansiedad, cardiopatías variadas, un agravamiento de su leishmania. Y todo por mi mero caprichito, ¿no es así? A El Ujier le paso la mano por el lomo con fuerza -más que acariciarlo, lo aplasto- y se me llena la palma de sus pelos grises, negros, blancos, pardos -un tigrecito, es-, pero ¿son más o menos pelos que antes? ¿No ha soltado pelos El Ujier desde el primer día que llegó a casa? ¿No sale de él, cada semana, pelo suficiente para fabricar otros tres gatos? Comer sigue comiendo, exige sus bolitas de pienso aunque en el comedero todavía le queden unas cuantas, con un maullido tan lastimero y dramático que más parece un canto desesperado por la supervivencia. En cuanto a la agresividad, no la encuentro por ningún lado. Cuando abro la puerta y ve a Perrita Country, yo diría que es más miedo lo que siente. Miedo y curiosidad, los mismos que probablemente siente ella. Así que, puestos a buscar problemas en mi gato -y dado que si uno busca problemas finalmente los encuentra-, me fijo en su arenero. ¿Acaso no hay ahora menos caquitas? Las voy contando según las saco con la pala. ¿Menos que antes? ¿Bien de consistencia? ¿Bien de tamaño? Luego me detengo, con la bolsa de basura en la mano, sintiéndome una imbécil. ¿Desde cuándo me he puesto yo a inspeccionar con tanto detalle los excrementos? ¿No estoy exagerando, dejándome llevar por los temores?

Lo de Perrita Country es otra cosa, porque ya expliqué que tiene leishmania, la enfermedad incurable que la dejará sin pelo, sin piel, sin órganos, en las garras de una muerte lenta y dolorosa. Según los que promueven las vacunas, claro, ese negocio. Una pastillita al día y sin problema, me dijeron en cambio en el refugio. Y yo, en medio de ambos extremos, pienso: ¿es grave o no lo es? ¿Quién dice la verdad? ¿El estrés de una convivencia forzada no empeorará su estado? ¿Buscando ayudarla no estaré tal vez matándola poco a poco? A pesar de lo que me han contado en el refugio -que sus niveles son bajos, están controlados, la cantinela de la pastillita al día…-, la llevo a la veterinaria de El Ujier para que le haga unos nuevos análisis. Perrita Country se deja sacar sangre con una paciencia admirable, se deja palpar los ganglios, las orejas, la boca. Por cierto, me dice la veterinaria, este animal tiene por lo menos cinco años. ¿Es vieja?, pregunto. Jadea mucho, parece cansarse, no la encuentro demasiado vital. Bueno, veamos los resultados del análisis, me dice ella.

Son buenos resultados. No me habían mentido. No tiene ningún órgano afectado. Su estado de salud es bueno. Bastante bueno. ¿Los jadeos, el cansancio? Sin duda, síntomas de la tensión que está pasando.

Has de pensar en los cambios de su vida -me dice-. Viene de un abandono, de no sabemos qué penalidades, después un refugio, una casa de acogida, ahora viviendo contigo y con ese monstruo… digo… con ese tigre que tienes al que llamas gato…

Se ríe. Nos reímos. Perrita Country mueve el culillo -tiene el rabo cortado-, le acariciamos el pelaje seco, duro, desigual, blanco y marrón. Dulce stracciatella.

Me tranquilizo.

A partir de entonces me centro en el control de los espacios. Perrita Country, de momento, sólo está en el salón, con las puertas cerradas salvo cuando yo superviso los tímidos acercamientos de El Ujier. Por su parte, El Ujier cuenta con todo el resto de la casa, patio y planta de arriba incluidos. El reparto de territorios es injusto, sí, pero ya tendremos ocasión de ir abriendo fronteras. O eso espero.

Una mañana que salgo a mis asuntos olvido cerrar la puerta del salón. No pasa mucho tiempo, pero sí el suficiente como para que se produzca una catástrofe. Regreso con el corazón en vilo, imaginando heridas, sangre, la casa destrozada por las persecuciones. Pero al abrir me encuentro a Perrita Country en su cesta, en el lugar de siempre. El Ujier baja las escaleras desperezándose. Como si nada.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios