No sé si el análisis de un psicólogo diría lo contrario. Lo mismo llevan la procesión por dentro y quién sabe lo que ronda por sus cabezas. Pero no veo a mis hijos traumatizados por el encierro. Es más, no pasa un día en que la madre y yo no destaquemos, con admiración y, por qué no decirlo, cierta sorpresa, la capacidad de adaptación que están demostrando en este confinamiento. Ni una queja, ni un reproche. Tienen edad de salir y entrar y llevan un mes sin ver a sus amigos, sin jugar al fútbol, sin compartir unas risas. Y ahí están, cada día entretenidos con algo. Me dan cada día una lección. A mí, que a veces flaqueo y me subo por las paredes. Supongo que lo mismo está ocurriendo en muchos hogares, pues Dios me libre de asegurar que mis hijos son, en este caso, especiales. Vaya por ellos dos y por todos los niños y adolescentes que, en la flor de la vida, están soportando con entereza tan inesperada situación.

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