Su propio afán

Pena de muerte

Se habla contra la pena de muerte con mucha frivolidad, sin ponerse en el lugar de las víctimas

Vengo a hablar de la pena de muerte. En principio o, mejor dicho, al principio, sólo hablaré de la pena de muerte en las novelas, películas y series. Me ha suscitado la reflexión varios artículos sobre las muertes más satisfactorias (sic) de Juego de tronos. Son las de los malos, y en todas ha intervenido como brazo ejecutivo un bueno o una buena. Hay, pues, en esa "satisfacción" -que se deleita incluso en la enumeración, en la narración pormenorizada del método y en el aplauso- un inconsciente componente moral, que se aprecia también en la ficción en el aprecio cada vez más extendido de la venganza, que no es otra cosa que la justicia privatizada. En Juego de tronos, con tanta muerte y tantos malos histriónicos, es más obvio, pero fíjense que toda la narrativa, incluso la más rabiosamente contemporánea, está transida de muertes merecidas para los perversos. ¿No será significativo?

¿Quiere decir esto que apruebo la pena de muerte? En la teoría y en la ficción, para casos muy extremos, como la terrible violación y el asesinato de ayer en Elda, que escucho mientras escribo estas líneas, sí; luego, en la práctica y en la realidad se complica mi juicio porque siempre nos faltan elementos de juicio y porque un código penal estricto y unas cárceles sin indultos, amnistías ni negociaciones serían suficientes para que las víctimas se sintiesen resarcidas, y nos ahorrarían el riesgo inasumible de equivocarnos en una pena capital. No se nos puede olvidar que en la ficción y en la teoría partimos de un conocimiento casi divino de la trama (estamos en otra dimensión ontológica) y apenas hay margen de error y además allí no importa.

¿Quiere decir esto que he escrito todo el artículo para quedarnos igual que estábamos, repudiando con cara de suficiencia la pena de muerte como un signo de barbarie? Tampoco. Se habla contra la pena de muerte con mucha frivolidad o desde la fría abstracción, sin ponerse en el lugar de las víctimas de crímenes espantosos, y lo hacen, a menudo, quienes luego, en las películas, aplauden la eliminación del malo, porque allí sí empatizan con el dolor. Hay que estar contra la aplicación concreta de la pena de muerte por las razones prudenciales ya dichas, pero sin olvidar jamás la responsabilidad del Estado en el mantenimiento del orden público, los derechos sagrados de las víctimas y el anhelo de justicia que alienta en el corazón de los inocentes.

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