Patatas bravas

Los más defraudados som los que recurren a dejarlo todo en manos de la justicia

Ser político y recurrir a la justicia para que te resuelva un problema que tú no eres capaz de resolver, es como pedir unas patatas bravas en un bar. Si vas con una reunión y las hay en la carta siempre hay alguien que dice: patatas bravas, me encantan, podemos pedirlas al centro. Y se terminan pidiendo con fingido entusiasmo porque después de la inevitable carrillá en salsa este es el plato que menos gusta y más se consume. Cuarto Milenio le podría dedicar un programa a tan insondable cuestión. A veces el camarero, por su cuenta y riesgo, decide que hay que traer dos raciones porque con una no es suficiente. Y llegan las patatas, más que bravas, acobardadas, con su aspecto contradictorio de cocidas y fritas a un tiempo, su forma de dados contrahechos y unos churretes sospechosos por encima de una salsa que, debe estar picante, pero que siempre resulta tonta, prima hermana cuando no gemela del kétchup. Y aquel que dijo que le encantaban es el primero que les mete mano y las critica. No están muy allá, dice con aire de crítico desencantado. No sabe, acaso, que las patatas bravas nunca están muy allá, que son defectuosas de fábrica. Se trata de una receta fallida en su concepción porque yo creo que quien inventó las patatas bravas buscaba un plato que no gustase y que siempre hubiera alguien que lo pudiera hacer peor, y lo consiguió.

Pues la justicia es a la cocina política lo que las patatas bravas a los paladares mediocres, una decepción asegurada. Los más defraudados son siempre aquellos que, incapaces de respetar su propio gusto, ideología y criterio, recurren a dejarlo todo en manos de la justicia, encomendándose a su pontifical de togas sacramentales y cantos gregorianos hasta comprobar que las sentencias no obran milagros y se terminan convirtiendo en un problema añadido cuando encima hay que ejecutarlas.

La justicia ha pasado de ser una amenaza en boca de aquellos que reclamaban el cumplimiento de la ley e invocaban las sagradas escrituras de la Constitución Española a convertirse en un gran estorbo para gobernar el caos en que se ha convertido España. Los que pedían que le metieran las cabras en el corral con la solemnidad de un fallo judicial son los que hoy ofrecen diálogo a los condenados a su instancia. Que otros sean severos y se desprestigien que nosotros seremos los clementes. Pidieron patatas bravas para poder decir que, como se come en casa, en ninguna parte.

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