Los móviles cuentan los pasos. Lo hacen al tuntún, sin distinguir si son pasos ligeros o pausados; pasos que huyen o que buscan; pasos consistentes o dubitativos. Y cuando llega la noche, como si el usuario fuera la mascota del propio móvil, éste le felicita con un mensaje a modo de palmadita si ha alcanzado en el día los diez mil pasos, una cifra que debe ser la panacea que cura todos los males. Vas al médico, le cuentas qué te pasa y te receta diez mil pasos. La ventaja es que al tiempo que sales de la consulta, sin tener que llegar a la farmacia, el móvil va contando los pasos y el paciente se va sintiendo mejor. Es una bendición tecnológica contar con una aplicación que vela por la salud. Pero lo que no han inventado -habrá que decir todavía- es el móvil que cuente los pasos fundamentales de la vida, las tres o cuatro decisiones personales en las que se basa la existencia y, por tanto, la felicidad.

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