Paspartú y acuarela

Usted siempre se encuentra la columna con la misma extensión, pero al autor o se le hizo larga o se le quedó corta

La columna periodística tiene un problema estructural: debe tratar temas muy diversos en un idéntico número estricto de caracteres con espacios. El baqueteado lector se echará las manos a la cabeza, pensando que yo quisiera encima más extensión. A veces, sí, lo confieso, cuando tengo que desarrollar un maquiavélico análisis de estrategia política, por ejemplo, y tanto laberinto no me cabe. Pero esas veces son las menos. Las más, querría menos espacio.

Hoy me gustaría hacer un pequeño boceto paisajístico y, como en pintura, eso pide formato mínimo, leve, sugestivo. Vean a Velázquez. Para sus «Vista del jardín de la Villa Médici en Roma», esto es, para «La entrada de la gruta» y para «El pabellón de Ariadna», escogió lienzos diminutos, a diferencia de la inmensa, como la gesta, «Rendición de Breda». A medio camino queda «La coronación de la Virgen», entre lo inabarcable del misterio y la intimidad de la oración. Un columnista (salvando las distancias) tendría que hacer sus cuadros a tamaños proporcionales también.

Como aquí no es posible, la solución casera es poner un marco generoso y bastante paspartú. Los párrafos que preceden son el marco y el paspartú de lo que yo venía a abocetar. Apenas una acuarela.

Salir temprano a por el pan te permite darte de bruces un cielo azul de esmalte o vidriera. «No sólo de pan vive el hombre», se dice uno respirando más profundamente el aire luminoso de la luz reciente. Las palmeras, ya se sabe, son grandes plumeros para limpiar el polvo al cielo, pero esa imagen te hace caer en la cuenta de que no hay nubes ni bruma que quitar. Las palmeras pueden concentrarse, pues, en su estampa paradisiaca sin más greguerías. Cuando llego, me recibe un olor a pan románico y el buen humor de los que esperan. No me extraña: salieron a hacer un sacrificio por sus familias y se han encontrado con el sacramental de un día incomparable. «Las mañanitas de abril/ son muy buenas de dormir», le reconocía al refranero Eugenio d'Ors, pero todavía son mejores para ir al Museo del Prado, apostillaba. Museo del Prado, por cierto, donde están esos dos cuadritos de Velázquez, tan admirables.

Las mañanitas de junio son inmejorables, porque hemos ascendido del frío al fresco. El cielo azul merecería una acuarela o, al menos, una instantánea. Este artículo no puede hacer que usted lo vea, pero podría animarle a que usted lo vea y, de paso, lleve a casa el pan.

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