En los literarios años de la Guerra Fría, cuando los malos llevaban gabardina y no chilaba, los intelectuales de la izquierda menos lúcidos solían acudir a un lugar común para descalificar al adversario de la derecha o, simplemente, crítico: "Paranoia anticomunista". Daba igual que lo que se criticase fuese la muerte de millones de personas en la China de Mao, las hambrunas inducida por los soviets en Ucrania, la persecución de los homosexuales en Cuba o la represión sindical en Polonia… El que se atrevía a tales desvaríos era acusado inmediatamente de sufrir "paranoia anticomunista". Lo paradójico del asunto es que los que no tenían ningún asidero con la realidad, los que sufrían un pensamiento delirante que les hacía ver flores donde sólo había mierda, eran aquellos que usaban esta expresión como sambenito con el que se estigmatizaba a los que habían osado señalar las mentiras de las que se alimentó la vida intelectual europea y americana entre 1945 y 1989.

Hemos recordado la expresión durante estos días en los que la parda actualidad española ha estado marcada por la reunión entre los gobiernos central y de la Generalitat (coronavirus aparte, claro) para abordar el "conflicto" en el cuadrante nordeste peninsular. Probablemente estemos empezando a sufrir una "paranoia anticatalana" (algunos ya han usado el término) porque donde algunos observan "diálogo sincero, abierto y transparente", "inteligencia política" y "reencuentro", nosotros sólo vemos la simbólica claudicación de un Ejecutivo que debe pagar, al precio que sea, su supervivencia. Nunca los intereses de tantos fueron sacrificados a los de tan pocos. Al mismo Gobierno de Progreso que traza un cordón sanitario a Vox por xenófobo, lo vemos hablar distendidamente -y rindiéndole honores de reyezuelo- con el honorable Torra, autor de frases adorables como: "Ahora miras a tu país y vuelves a ver hablar a las bestias. Pero son de otro tipo. Carroñeros, víboras, hienas. Bestias con forma humana, sin embargo, que destilan odio". Por si alguien no se ha tomado aún el primer café, le aclararemos que esos seres viscosos y repelentes a los que se refiere el president somos nosotros, los españoles o, en versión plurinacional, los andaluces, extremeños, castellanos, aragoneses, etc.

Aún así, lo peor de la mesa no son esas minucias, sino el hecho de que abandona y deja sin argumentos a más de la mitad de los catalanes, a los que se han opuesto al denso universo indepe y sus bravatas. Los soberanistas se consagran, definitivamente, como los portavoces de Cataluña, los únicos autorizados para interpretar su realidad. Al resto se le está poniendo cara de paranoicos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios