La izquierda siempre ha desconfiado del campo. Lo hicieron los revolucionarios franceses, los liberales decimonónicos españoles, Marx, los soviets de Ucrania… En nuestro país, sólo el anarquismo y el PSOE de la Transición comprendieron a las gentes del campo (por anecdótica y asfixiante no comentaremos la utopía jornalera de Sánchez Gordillo). La II República lo miró con recelo, como al sufragio femenino, y hubo que esperar al felipismo y al ingreso en Europa para que España se tomase en serio el problema agrario. Eso sí, lo hizo a golpe de talonario, regando los pueblos de paguitas que, complementadas con la economía sumergida, permitían a las gentes quedarse a vivir en sus villares y esquivar unos suburbios urbanos que, sin embargo, a muchos les parecían una liberación (no en vano la ardorosa y señorial Pardo Bazán escribió en Los pazos de Ulloa aquello de que la aldea "envilece, empobrece y embrutece").

Felipe y la UE, decíamos, inauguraron un tiempo en el que todo el mundo en el agro sacó tajada: los grandes y medianos propietarios en forma de generosas ayudas europeas; los pobres con el legendario PER. Hoy, la vieja antipatía al campo ha vuelto a la izquierda a través de las cándidas formas del ecologismo y el animalismo, fenómenos fundamentalmente progresistas y urbanos. Todo les parece mal del verdadero campo: sus ritos sincréticos de santos barbudos y vírgenes llorosas, la caza, los toros, la estabulación de las bestias, el riego, el ordeño automatizado, etcétera. Su visión del campo es utópica y gourmet. Por su parte, la aldea ya ha empezado a rebelarse votando a Vox y sacando los tractores a la calle. Dentro de este contexto hay que ver lo ocurrido el otro día en Don Benito, donde una protesta contra el ministro del ramo, el socialista Luis Planas, acabó en una somanta de palos a un grupo de manifestantes demasiado acalorados. Más allá de la pertinencia o no de la actuación de la Policía, las imágenes fueron una clara metáfora de los problemas que está sufriendo el campo español. ¿Exagerado? Ahí va el dato: la renta agraria descendió un 8,6% en 2019. No hablamos de grandes terratenientes de sombrero tirolés, sino de pequeños agricultores (mayetes, mayetos o pelentrines, les llaman por estas tierras) que sobreviven como pueden. Los problemas son muchos: un mercado abusivo que condena al productor a la indigencia, las agresiones arancelarias del trumpismo, salarios mínimos inasumibles, la amenaza de una reforma de la PAC a la baja… Y, encima, la tocadura genital de los que llaman asesinos a los que cazan gamusinos. El campo, hoy por hoy, es un polvorín.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios