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Pablo y los medios

Don Pablo quizá crea que él es una suerte de Quijote, alanceando a los gigantes y molinos de la imprenta

Don Pablo Iglesias, para ambientar la campaña matritense, ha acudido a una de sus viejas predilecciones, cual es la de señalar a los periodistas desafectos. Esto no es ninguna novedad, como sabemos, ya que don Pablo se ha manifestado, en numerosas ocasiones, contra la prensa de capital privado, y a favor de una versión moderna y desacomplejada de la Prensa del Movimiento. Según el vídeo promocional de UP: "Ellos ya han hablado. El 4-M que hable la mayoría". Siendo "ellos", como parece claro, los periodistas malvados que obran contra el interés general, y "la mayoría", el pueblo sojuzgado que el 4-M romperá sus cadenas, etcétera.

La cuestión, sin embargo, es que todo este ruido quizá sea el único modo que ha encontrado don Pablo para hacerse un hueco en la campaña. Con doña Isabel Ayuso acaparando portadas y con don Pedro Sánchez haciendo luz de gas a un anodino Ángel Gabilondo; con doña Inés Arrimadas y don Santiago Abascal buscando, afanosamente, un breve porcentaje de simpatizantes, don Pablo no ha tenido otra idea que utilizar, figuradamente, el procedimiento que ya usó Baudelaire cuando quiso escandalizar al viejo París tardorromántico y, de paso, a su admirado Gautier: pintarse el pelo de verde. Esto es, bullir y hacerse visible. Muchos años más tarde, el joven César González-Ruano repetiría estrategia en el Ateneo, con el pelo tintado en rubio e injuriando en público al pobre manco de Lepanto. Con tan mala suerte, eso sí, que un avezado cronista resumió sus hazañas del siguiente modo: "Al señor González no le gusta Cervantes". Y ahí acabó la vocación maldita de Ruano. Al señor Iglesias tampoco le gustan los periodistas, y quizá haya optado por épater le bourgeois para ver si así pilla algo de cacho en la avara pastelería del CIS. Contra esta estrategia obran, no obstante, dos imponderables: la ausencia de sorpresa, necesaria para sobrecoger el ánimo, y la pertenencia de don Pablo a las más altas instituciones del Estado, y no a la marginalidad menesterosa y bohemia en la que se imagina.

Quiere esto decir que, sobre la conocida incomprensión que don Pablo Iglesias hacia la libertad de prensa, se extiende una campaña electoral fundamentada en el estrépito. Don Pablo quizá crea que él es una suerte de Quijote, alanceando a los gigantes y molinos de la imprenta. Lo cierto, sin embargo, es que don Pablo tiene de quijotesco sólo la perilla, y en este asunto está más cerca de Fernando VII que de Felipe VI.

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