Muere Jesús Quintero Cuando una chirigota del Carnaval de Cádiz se disfrazó del Loco de la Colina

Ojo de pez

Pablo Bujalance

pbujalance@malagahoy.es

Pablito clavó un clavito

Si Pablo Hasel hubiera dicho una cosa, una sola, que hubiese valido la pena, nadie habría pedido su libertad

En lo que a la manifestación de ideas se refiere (muy distintas son las presuntas amenazas a testigos, que habrá que dilucidar hasta el fondo dada la gravedad de la acusación), sí, el ingreso en prisión de Pablo Hasel nunca debió haberse producido. Y hará bien el Gobierno en promover los cambios que estén en su mano para evitar situaciones parecidas, ya que, lamentablemente, y muy a pesar de las distintas advertencias lanzadas desde organismos internacionales competentes, estos deberes se quedaron sin hacer. Otra cosa es que la misma ley que garantice la libertad de Pablo Hasel diga lo que diga en sus letras y en sus tuits deba garantizar también el derecho de Patxi López, José Bono y demás objetivos del rapero a ver repuestos su honor y su integridad a costa del presunto (mediante la cesión íntegra de los derechos que generen sus canciones por ejemplo: tú me vas a desear la muerte, pero me vas a pagar los cubatas de por vida, querido). Porque la libertad de expresión entraña siempre, siempre, en las democracias perfectas, en las imperfectas, en las dictaduras y en las tiranías, un riesgo que asumir y un precio que pagar. Si ese riesgo no se asume, el derecho a la libertad de expresión queda invalidado. No ha lugar.

A estas alturas sería interesante considerar la libertad de expresión, de una vez, no como un fin, sino como un medio. Resulta, digamos, un tanto incómodo reclamar el mismo derecho a favor de quien lanza un eructo propio de psicópatas, sin más argumento que la violencia y el rencor, y a favor de quien a través del pensamiento, el arte y el compromiso intelectual y humano llega a poner en solfa los cimientos mismos de la sociedad contemporánea, promoviendo la duda frente a la certeza y mostrando la desnudez del emperador. Y sí, existe un verdadero aparato censor, eficaz y preciso, capaz de desarticular, desarmar y reducir a lo irrisorio la capacidad de influencia de tales agentes. No hace falta meterlos en la cárcel: la industria del ocio, la consagración de la corrección política como nuevo movimiento y una cultura asentada en estructuras cada vez más ensimismadas, pobres y cobardes se bastan y sobran. Si Pablo Hasél hubiera dicho una cosa, una sola, que hubiese valido la pena, nadie habría salido a la calle a pedir su libertad, con fuego o sin él.

Pero el Pablo que clava aquí el clavo es Iglesias, quien hace uso de Hasel para socavar un poco más el apretón de manos que la sociedad española llegó a darse con tanto trabajo y esfuerzo. Venga. Ya queda menos.

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