Este era el consejo preferido de mi abuela e, imagino, el más repetido de abuelas como ella que aprendieron a base de palos vivenciales que en las dictaduras es más seguro estar calladitos. La sabiduría se aprende con el paso del tiempo, del tiempo que a cada uno le toca vivir, y mi abuela respiró tanto desde 1898 que su consejo, hoy desfasado más allá de la prudencia que cada cual quiera otorgar a sus actos, era comprensible. Vivió, ya con hijos en el mundo, la dictadura de Primo de Rivera en una convulsa Barcelona; apretó los dientes durante la guerra civil, ya en Cádiz, después de que el golpe de Estado pillara al abuelo a bordo de un buque de guerra en zona roja, y sufrió a su regreso con el consejo de guerra que le perdonó la vida pero le arrebató su sustento. Oír, ver y callar fue el consejo que le enseñó su vida, la misma que ahora recomienda oír y ver, pero para conocer la realidad, denunciarla con fuerza y votar en libertad.

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