Patria y pueblo son palabras hermosas, pero hay que usarlas poco y con mucho cuidado, como el comino en los guisos. No debe opinar lo mismo el fino analista de una sociedad de radiodifusión que ayer, en la quietud de una mañana de Corpus, se mostraba exultante con la aprobación del Ingreso Mínimo Vital, en el Congreso de los Diputados, sin ningún voto en contra: "La derechita ha votado que sí porque son unos cobardes; se han acojonado. ¡Tienen miedo al pueblo! El pueblo, si quiere, manda". Eso no se dijo a lo loco ni en la barra de una taberna después de una generosa ingesta de valdepeñas, sino en los micrófonos de la radio más escuchada de España, la misma que siempre está criticando la endémica crispación de la vida nacional española, quizás sin comprender que también ellos echan sus buenos leños al fuego de la discordia. Para una vez que el PP vota a favor de una norma del Gobierno, la izquierda lo llama cobarde y gallo capón. Imaginamos que, como Juncal, habrá tomado nota.

En España, en general, hay un consenso sobre la necesidad de dicho IMV, por lo que el Congreso no ha hecho más que escenificar ese estado de ánimo. Por una vez habrá que felicitar a todas sus señorías. Pero algunos, como un periodista catalán al que le gusta presumir de florentino, prefirieron hacer una lectura pandillera: "Es la más importante victoria política de la izquierda en muchos años". No un gran acuerdo nacional en unos momentos complicados, sino una muesca en el fusil de la siniestra hispana. "Aquella colina olía a victoria…" y todo eso.

La necesaria aprobación del IMV en unos momentos en los que la crisis social parece inminente se une a la iniciativa gubernamental para que el "odio al pobre" (aporofobia, le dicen) sea un agravante penal. No ponemos en duda la existencia de tan execrable sentimiento, pero sí su generalización social. En España, país que inventó el héroe del pícaro, el odio más bien se dirige al rico Epulón, que siempre aparece ante nosotros como sospechoso de algún pacto secreto con el diablo. Probablemente debido a nuestro catolicismo, el pobre siempre ha estado investido de un prestigio que hunde sus raíces en ese texto fundacional del occidente judeocristiano que es el Sermón de la Montaña. Ayudar a los pobres, de hecho, es de buen tono social. Nadie, de derechas o izquierdas, comprendería que un político insultase a un menesteroso, pero se ve con cierta normalidad que todo un partido de gobierno arremeta con nuestro millonario oficial, Amancio Ortega. "Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos"(Mateo 5, 3). A los ricos, que les den.

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