La tribuna

Rafael López

Nuevo curso y diálogo social

ESTE curso político se inicia con el tedio e incertidumbre que paralizan a los alumnos repetidores. Aun siendo conscientes de afrontar una situación económica dura, no hay acuerdo respecto a objetivos y estrategia a implementar. Se acusa al Gobierno de improvisación y a la oposición de oportunismo; sindicatos y patronal defienden sus posiciones sin considerar las dificultades de su interlocutor. Resulta interesante apuntar algunas reflexiones que descubran la realidad otras perspectivas.

Es baladí discutir la idoneidad de una estrategia cuando los diversos interlocutores se atrincheran en sus convicciones morales. Es posible que izquierda y derecha, sindicatos y patronal, al negociar abarquen casi todo el espectro social; sin embargo, no todas las minorías están adecuadamente representadas. Al hablar de diálogo social, ¿quién lo hace por los desempleados? ¿Y los trabajadores autónomos y pymes? ¿Qué influencia tienen los trabajadores de las pequeñas empresas en las grandes formaciones sindicales? ¿Alguien pide la opinión de los consumidores y pensionistas? La dimensión y la amplitud de los principales agentes sociales eclipsan las propuestas de grupos minoritarios que permitirían aproximar posturas y enriquecer una estrategia socioeconómica para los próximos años; del blanco al negro se encuentran infinidad de matices grises.

A consecuencia de la rigidez dialéctica, se imponen valoraciones cuestionables de algunos fenómenos económicos. Se critica la moda por las "marcas blancas" olvidando que muchas personas viven situaciones de subsistencia y supervivencia. Se asusta a la sociedad con el "fantasma" de la deflación sin considerar que un IPC negativo es una verdadera ayuda para miles de familias con situaciones económicas precarias. Se obvia que el primer sexenio del euro ha sido mucho más inflacionario y "caprichoso" que los últimos años de la peseta.

La escasez de interlocutores independientes empobrece el debate. Asistimos a un combate en que empresarios y sindicatos se arrojan el concepto "competitividad" obviando aspectos que podrían aproximar posturas. La "competitividad" en este país se encuentra condicionada por la de nuestras administraciones públicas. La mejora de la competitividad general depende también del sector público. No se trata tanto de subir o bajar impuestos, sino de conseguir que la producción de servicios públicos por cada euro gastado se incremente. Este objetivo no se explicita claramente y resulta necesario hacerlo.

Prosiguiendo con el párrafo anterior y recordando la subida impositiva, es confuso apelar al "esfuerzo solidario" de los ciudadanos con los "más necesitados". Un incremento impositivo orientado a sostener las condiciones de vida de los más empobrecidos es un deber ciudadano. No cabe discusión ideológica cuando se trata de la construcción y fortalecimiento de nuestro sentido de la comunidad. ¿Acaso debemos expulsar de nuestras fronteras a los que nada les queda? Cuestión distinta es la valoración del buen o mal empleo que se hace con los recursos generados por nuestros impuestos. La solidaridad es una opción moral que requiere un compromiso mucho más ambicioso.

Resulta esclarecedor plantearse la opción por la solidaridad en nuestros respectivos ámbitos. El compromiso por la competitividad de los trabajadores de las administraciones públicas mejoraría las posibilidades de quienes más las necesitan y apalancaría la productividad de nuestro sector privado. La reducción de márgenes abusivos que determinados sectores empresariales y profesionales mantienen estimularía a proveedores y/o clientes empobrecidos. La aproximación honesta de políticos y agentes económicos a grupos minoritarios enriquecería la estructura de una estrategia común para superar esta fase depresiva. Nuestra consolidación e integración democrática vino sustentada por un decidido apoyo político y económico de Europa que en esta crisis puede no darse. La menor presencia de Europa para superar nuestras dificultades nos va exigir una mayor generosidad.

No debe confundirse la solidaridad con una mera cuestión pecuniaria; es una actitud mucho más profunda. Parte de la escucha y receptividad a las necesidades de quien nos sale al encuentro. Es posicionarse en un comportamiento de sospecha y búsqueda ante una realidad que oculta y acalla las voces de los más necesitados. Y finalmente, la solidaridad parte de la renuncia a la reciprocidad; no se espera compensación por buscar la satisfacción del necesitado. Y sin embargo, la solución de los problemas del vecino termina por dar solución a los nuestros. Es entonces cuando se comprueba que tras este valor aparece el encuentro y la oportunidad para establecer un dialogo enriquecedor.

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