EL ALAMBIQUE

Francisco / Lambea

Nostalgias y presentes

HACE unos días, nos reunimos en un restaurante un grupo de periodistas, fotógrafos y realizadores de televisión que hemos tenido la suerte (o quizá el infortunio, uno nunca sabe muy bien) de cubrir el latido de la ciudad en estos últimos años o décadas.

Bajo la organización de Pipi Gago y Soledad Duro, que pergeñaron su idea en un gimnasio (las damas victorianas decidían en los salones de té y las urbanitas acomodadas trazan ahora sus propósitos en el calor envolvente de una sauna), los congregados disfrutamos de una buena velada, recordando, entre otras cosas, aquellos tiempos en los que todavía no existía el correo electrónico, sino un estricto fax a cuyos alumbramientos asistíamos absortos (inimaginable aún el cortar, copiar y pegar), tiempos en los que el teléfono móvil se nos antojaba tan lejano como esas pastillas que en el futuro iban a sustituir al cazón en adobo, en los que la televisión digital (cuyo nacimiento sacrifica la analógica, provocando numerosas injusticias laborales, adornadas, hasta la fecha, de un lamentable absentismo político), no existía en la cabeza de ningún tecnócrata.

Por allí andaban, entre otros, José María Morillo (web andante, relaciones públicas del ciberespacio), Carmen Álvarez (hacedora de planos perfectos, sabia de la luz, acudió espléndida), Rafael Tardío (mil batallas a la espalda, aunque pueda no parecerlo), Pepe Bouza (más institucional y menos espontáneo, cosas de los cargos), María Alba (clara como el agua), Manu Garro (ora redactor, ora ejecutivo), Teresa Almendros (siempre en su sitio), Fito Carreto (su ojo es la historia) y otros, hasta un total de 19, que no nombro ya porque esta columna, a la que quiero tanto, acostumbra a quedárseme corta de espacio. Personas, en definitiva, cada uno de su padre, su madre y su medio que, por encima de todo (que no es poco), forjaron un paréntesis para el reencuentro, admitiendo que, pese a la vida y sus azares, somos cada uno parte de los otros (y viceversa), admitiendo que, con lo que putea este oficio, seguimos de él jodidamente enamorados.

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