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Con este nombre -Nacht und Nebel- tomado del libreto de la ópera wagneriana El oro del Rin, la Alemania nazi dictó, en 1941, un decreto cuya finalidad era la desaparición de sus adversarios sin que quedase testimonio o registro alguno. A través del terror silente se pretendía desalentar todo conato de resistencia.

Sé que tal antecedente resulta, y espero que siga resultando, muy exagerado en la Cataluña del siglo XXI. Pero el espíritu que latía en aquella infame norma no me parece tan inconexo. El totalitarismo siempre busca invisibilizar a sus opositores. Sea por la iniquidad de la muerte física, sea por el instrumento más sibilino de la muerte civil, de lo que se trata es de negarles voz, dignidad y hasta existencia.

El pasado lunes, coincidiendo con la perorata de Sánchez en el Liceo, veinte entidades de la sociedad civil catalana leyeron públicamente una carta -¿A nosotros quién nos indulta? - dirigida al presidente del Gobierno. En ella, se muestran convencidos de que los indultos "reafirmarán el monstruo del supremacismo" y le dará alas para perpetrar cuantas barbaridades se le ocurran. A su juicio, "los nacionalistas catalanes, como todos los nacionalistas excluyentes, son un peligro para la convivencia". Por eso exigen al Gobierno de España "que no anteponga sus intereses al interés de todos los españoles", incluidos ellos, que así sienten y lo son.

Intuyen que la magnanimidad de Sánchez, despreciada por sus propios beneficiarios, servirá para otorgarle carta blanca al independentismo radical, convirtiendo a los catalanes constitucionalistas en víctimas directas de un proceso que ansía aniquilarlos. En ese sentido, el incumplimiento consciente de las obligaciones que el Estado tiene para con ellos, acelera esa inaceptable deriva por la que, siendo mayoría, se les conduce a la irrelevancia política y ciudadana.

Pedro Sánchez tendrá sus razones para hacer lo que ha hecho. Pero ignoro qué pesa tanto en ese plato de la balanza como para, a un tiempo, desautorizar a los jueces, sustraer la soberanía al conjunto de los españoles y poner en grave riesgo, al cabo, la vida normal de quienes, en Cataluña, no quieren aventuras secesionistas.

Llegan para los catalanes -me niego a emplear el calificativo sólo para xenófobos y autoritarios- días de noche y niebla, de soledad desamparada. Con la complicidad socialista, cualquier cosa puede pasar ya en aquella tierra compatriota, hermosa y nuestra.

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