El Palillero

Noche alta de Viernes Santo

A partir de la medianoche, Cádiz vive la que se podría considerar su segunda madrugada, la más íntima

En otros tiempos, cuando éramos niños, el Viernes Santo se vivía como un día de luto generalizado. A pesar de que las costumbres han cambiado en parte, sigue siendo el día más luctuoso de la Semana Santa, a tono con la liturgia que conmemora la Muerte de Cristo en la cruz. Cádiz lo vivió en siglos pasados con tanta solemnidad que incluso el marqués de Valdeíñigo le encargó al prestigioso músico Franz Joseph Haydn su célebre obra Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz, para ser interpretada en el Oratorio de la Santa Cueva, donde hay un magnífico grupo escultórico. En general, se puede decir que el Viernes Santo gaditano recuerda la solemnidad luctuosa de antaño. Alcanza un momento de especial piedad en su alta noche oscura.

A partir de la medianoche, Cádiz vive la que se podría considerar su segunda madrugada, la más íntima. En esa alta noche, cuando ya se cruzan las fronteras oficiales del Sábado Santo, en las calles gaditanas se percibe el cansancio del final de la Semana Santa, que ya ha devuelto a muchos a sus casas, pero permanecen fieles y devotos que saben que vivirán algunos de los momentos más íntimos y sensibles de la Semana Santa.

Pasada ya esa frontera de la medianoche, estará el paso de Las Siete Palabras volviendo a la Merced, estará el Descendimiento con su implacable lección de amor y ternura acercándose a la puerta de San Lorenzo. Estará el Cristo de la Expiración añorando su regreso a la Castrense por la calle Virgili, ya que todavía sale del convento de Santa María, a causa de las obras, y recorrerá las calles del barrio.

El lívido pavor de la muerte se percibirá con especial crudeza en las calles más céntricas. El Cristo de la Buena Muerte, al que cantó José María Pemán con su inolvidable poema, ya no llevará el eco profundo de las horquillas hasta la plaza de Mina y el callejón del Tinte, donde se le añora. Ahora vuelve por Barrié, Valverde, Beato Diego y Rosario. Estas calles semejan, en esa alta noche, una Jerusalén a la gaditana, por las que la tragedia de la Muerte se plasma con un desgarro contenido. Las horquillas y el silencio de la Buena Muerte, bajando la calle Rosario, preceden a las horquillas y el silencio del dolor de la Madre, el Ecce Mater, que saldrá de Santiago con evocaciones jesuíticas, y que llegará por San Pedro hacia las calles que acaba de regar la cera de su Buena Muerte. La Madre parece buscar a su Hijo.

Cuando todo haya acabado, cuando no quede nada en la alta noche del Viernes Santo, despuntará el amanecer más solo de Cádiz, el Sábado Santo de la última Soledad.

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