La esquina

josé / aguilar

Nelson Mandela

Ala inmensa mayoría de los seres humanos la vida nos lleva a ser peores de lo que soñamos y creíamos merecer. Sólo unos pocos recorren el camino inverso y mejoran con el tiempo. Algunos incluso mejoran espectacularmente tras superar pruebas durísimas y afrontar situaciones personales que derribarían a un gigante.

Nelson Mandela era uno de los elegidos. Elegidos por sí mismos, me apresuro a decir, porque fue su indomable voluntad y su rarísima bondad las que le condujeron a levantarse como un icono de la libertad que traspasa fronteras y derrota al tiempo. Podía haber sido hasta el resto de sus días el resistente violento que fue en su juventud guerrillera contra un régimen de opresión que era en sí mismo la encarnación de la violencia racista. Podía, sobre todo, haber salido de sus 27 años de cárcel y trabajos forzados con el alma minada por el rencor y el odio. ¿Acaso hay alguien que no lo hubiera entendido?

Le ocurrió todo lo contrario. De las prisiones del apartheid no emergió un líder resentido y revanchista, sino un estadista sabio, prudente y generoso. Detrás de los barrotes que trataron de destruirle fue precisamente donde comprendió que el régimen de la minoría que segregaba y explotaba a la mayoría negra -"Sólo blancos y perros" decían los carteles en los autobuses"- no iba a ser derribado por las armas. Allí entendió y asumió que la dignidad de su pueblo solamente llegaría mediante el perdón y la reconciliación. Perdón con memoria, no con olvido. Reconciliación de corazón, no sólo jurídica y política. Allí empezó a dialogar con sus carceleros para preparar el futuro libre de Sudáfrica. Desde allí trabajó para sustituir la venganza por la concordia, y eso sin abdicar de los principios de su larga lucha. Convenció a los suyos de que la única salida de un país convulso en permanente guerra civil no era imponer la supremacía negra sobre los restos aplastados de la supremacía blanca, sino enterrar la idea misma de supremacía. Construir una nación de ciudadanos iguales por encima del color de su piel.

Cuando pudo ver plantados los cimientos del país que había soñado, Mandela era casi un viejo. Llegó al mando demasiado tarde y lo dejó lo suficientemente pronto como para no sufrir los estragos del tiempo y las miserias del poder. Era el único personaje vivo al que he admirado incondicionalmente desde hace años. Me parece que ya no voy a encontrar otro.

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