Necedad o necesidad

Yo he ido cambiando mi lista de necesidades conforme ha ido avanzando el tiempo

Desde que empezara este tiempo raro no he dejado de pensar sobre aquello que consideramos esencial. Es la primera vez que tenemos que plantearnos en serio qué cosas son necesarias y cuáles no. En la lista de la compra, en nuestro trabajo, en nuestras rutinas, en nuestro ocio, en nuestros afectos, en nuestra espiritualidad, en nuestro día a día. Casi todo aquello que estaba escrito de manera indeleble en nuestra desbordada agenda podemos hoy suprimirlo y no pasa nada. Este abismo de agenda vacía produce una percepción de las cosas bastante extraña, a veces de calamidad, a veces de miedo, a veces de hibernación, de mero paréntesis. Pocas veces de bienestar y esperanza verdadera.

El Estado que decide tantas cosas por nosotros gracias a nuestra medrosa docilidad, ha establecido por decretos sucesivos qué cosas y actividades son de primera necesidad y cuáles no. Y desde el primer momento esas listas, esas idas y venidas me han chirriado a más no poder. Las peluquerías (al principio sí, después no), los estancos y los paseos de los perros fueron desde inicio de la hecatombe primera necesidad. Los viejos, los niños, las librerías, los juzgados, las iglesias, no. Se puede sacar a un perro, pero no se puede pasear a un niño o ir a visitar a una persona mayor. Se puede ir a comprar tabaco, pero no se puede comprar un libro. Abren puntualmente los estancos, pero cierran los juzgados para casi todo y las iglesias parecen catacumbas. Tiene su lógica y su explicación que, por más que me expliquen, no logro entender. Todo sea por nuestra salud. Yo he ido, como el gobierno, cambiando mi lista de necesidades conforme ha ido avanzando el tiempo. Quería que abriesen las librerías porque pensaba que iba a leer muchísimo y ahora me parece más importante leer con lentitud Los Episodios Nacionales prestados de casa de mi madre y mirar por la ventana. Quería que me dejasen trabajar, que la justicia convirtiera esta situación en una oportunidad para mostrarse independiente, operativa y demostrar que sus demoras endémicas son por falta de medios no de ganas. Pero cada día me siento más rendida. Quería recuperar mi maltrecha y acomodaticia espiritualidad, volver a la fe valiente de los que tienen esperanza. Pero miro al mundo y me asusto. Pensaba que iba a tener más tiempo para querer a mi madre y aprender de ella. Pero ella está cada vez más fuerte y yo menos. Y ya no sé qué es necesario. Quién lo sabe.

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