No hace tanto, la mayoría votaba en este país un día al PSOE y al siguiente al PP, lo mismo a Felipe que a Aznar, en función de los aciertos y errores y sin complejos. La economía y los asuntos sociales estaban por encima de la ideología. El español medio podía acostarse socialista y levantarse como un liberal de tomo y lomo sin pestañear. Muchos gaditanos votaban a un alcalde andalucista, a la vez que respaldaban a Chaves al frente de la Junta y al PP en La Moncloa. Otros tantos apoyaban a Teófila y otros alcaldes del PP mientras en Sevilla apostaban por el PSOE, y nadie sufría pesadillas. Se hablaba de política libremente, en el trabajo y en el bar, aunque el parlamentarismo era algo secundario, porque la alternancia en el poder se observaba con naturalidad y se veía a todos los gobernantes más bien iguales, con sus matices. Hasta Anguita era digno de respeto por casi todos, aunque sólo le votara una minoría.

Ahora no hay término medio y el adversario es visto como el demonio. La política está incluso en los donuts y hasta los más jóvenes hablan de sus referentes con tanta pasión, que el aire se corta con un cuchillo a su alrededor, sobre todo en las redes sociales. Poca broma con la política, ¿eh? Hoy es impensable que un votante del PP andaluz vote a Pedro Sánchez y viceversa. Es lo que tiene el populismo, que fabrica ultras en lugar de simpatizantes. Antes eran los datos y los hechos la base del diálogo. Y si el gobernante la hacía, la pagaba ante los suyos en primer lugar. Ahora la verdad ha quedado relegada por la fidelidad más ciega a unos colores, como la de un hincha de fútbol, y se perdona todo al líder. El periodismo de trincheras y los artefactos mediáticos de los partidos se pasan el día intentando adoctrinar. Y si alguien dice lo que piensa, las redes le etiquetan al instante. La maquinaria de propaganda no falla. Quien un día apoye a la izquierda y otro a la derecha, será visto como un sospechoso ambiguo por los más radicales. La polarización conviene a los extremos para asegurar su supervivencia tensionando el ambiente. Ahora que hasta el suministro de vacunas se politiza, en cuanto se plantea la duda en la gestión siempre saltan los cobistas de unos y otros bando para acabar con el diálogo sosegado, lo que invita a cerrar el pico en el bar y en los grupos de guasap, a la menor polémica. Pronto la política será territorio tabú porque la palabra, el instrumento más poderoso y noble del que se servían los auténticos líderes, ha sido desterrada por la crispación.

Como reza la pregunta con la que arranca El hijo del chófer, de Jordi Amat, ¿por qué nadie cuenta la verdad? ¿Qué nos está pasando, estamos locos? Los expertos creen que este país está para el psicólogo. No es sólo que gastemos dinero público en conciertos para perros, como vimos en la comunidad valenciana, o que tratemos de birlarnos respiradores y mascarillas unos a otros, o que nuestros gobernantes estén más pendientes del postureo, que del interés general. Su enajenación parece tan profunda -y esperemos que no haya que lamentarlo- que tras el asalto al Capitolio de EEUU, como si fuese otra discusión más, se han puesto a buscar culpables entre ellos. La derecha al menos admite que a Trump se le ha ido la cabeza, pero rápidamente avisa, como el niño pillado in fraganti dando golpes en mitad de una bronca, que empezó la izquierda. Al parecer, hasta en los episodios más trágicos es más rentable atizar al adversario que condenar a los tuyos y aprender de la historia.

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