Museos

Les da lo mismo que sea El Prado, El Louvre o la tienda del Real Madrid

Los museos han dejado de ser lugares tranquilos y silenciosos. Las exposiciones temporales y la masificación del turismo hacen muy difícil ver las obras con un mínimo de paz, silencio y soledad. Gente de todo tipo, móvil en ristre para fotografiarse a sí mismos a la menor ocasión, abarrotan las puertas de las pinacotecas más importantes y un bullicio de feria se atrinchera ante cualquier cuadro célebre. Los museos tienen la misma algarabía de una playa de levante en pleno verano. Por más que una se esfuerce en coger las horas de la comida, siempre menos transitadas, es complicado conseguir visitar a gusto una buena exposición.

No es que yo quiera que los museos sean visitados sólo por una élite preparada y experta que conozca, sienta y respete el arte. No es que me incomode la masificación. Cuanta más gente culta haya mejor, cuanto más accesible sea el arte mejor que mejor porque a España si hay algo que le falta en este momento es educación y cultura. Mi queja es porque a los museos, como a cualquier parte, habría que ir sabiendo a dónde se va y a qué se va.

Me encanta mirar a mí alrededor cuando voy a los museos, ver la reacción de los demás ante cuadros que me fascinan, descubrir en alguien la misma sensación que yo he sentido e incluso cruzar alguna mirada de las que nos hacen sentirnos agradecidos a la vida por aquel instante preciso.

Lo horrible es cuando una horda maleducada se coloca en primer plano ante un cuadro y no te permite, no ya mirar, sino evitar escuchar las barbaridades que dicen mientras una vez y otra son recriminados por hacer fotos en un lugar en el que no se puede. Les da lo mismo molestar, les dan lo mismo los cuadros, les da lo mismo que sea El Prado, El Louvre o la tienda del Real Madrid. Sitios en los que fotografiarse.

Los grupos con guías también son tremendos. Mientras escuchan una explicación fácil de olvidar porque no habla de emociones sino de datos, miran absortos al guía en lugar de entregarse al deleite de la pura contemplación sin comentarios, sin contaminación, en silencio.

En los museos antes se hablaba bajito, se andaba despacio y se vivía casi en soledad porque es la manera de sentir las emociones. Ahora cualquier galería parece una calle de Venecia con lo que eso entorpece para llegar al alma de las cosas. A los museos, como a todo, ha llegado la vulgaridad en su peor expresión que no es otra que la indiferencia ante la belleza.

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