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Un Mundial en la Edad Media

Detrás de la modernidad de los estadios de Catar, hemos retrocedido seis o siete siglos en valores y derechos

El 7-0 a Costa Rica y la euforia con la Selección han apagado parte del asombro por el choque cultural del Mundial de Catar, que se celebra en un país integrista musulmán que no respeta los derechos humanos. No es una novedad; el anterior Mundial se celebró en Rusia, país cristiano ortodoxo con un gobierno autoritario que tampoco respeta derechos y libertades. Esto es lo que hay. En el planeta fútbol manda el dinero: para conseguir los Mundiales de 2018 y 2022 hubo mordidas a dirigentes federativos, que le costaron el puesto al presidente de la FIFA, Blatter, y a varios de sus cómplices.

El fútbol tiene más seguidores que cualquier religión, así que asistimos hasta el 18 de diciembre a un concilio ecuménico del balón, que para el mundo occidental representa un salto de época. Como en aquella película en la que un astronauta viajaba en el tiempo y aparecía en la corte del rey Arturo, el mundo ha aterrizado en un país regido por la intolerancia religiosa en el que las mujeres, los homosexuales o los inmigrantes carecen de derechos. Detrás de la modernidad de los estadios y la tecnología de los espectáculos, de golpe retrocedemos seis o siete siglos en valores y costumbres.

El sustituto de Blatter, Gianni Infantino, ha intentado tapar esta brecha con un esparadrapo. Ha acusado de hipocresía a los países occidentales con un gesto más exagerado que Luis Enrique cuando sobreactúa. Sostiene que los europeos deberían estar disculpándose tres mil años antes de dar lecciones morales, por su dominio del mundo en los últimos tres milenios. Y ha hecho empatía de laboratorio con un monólogo provocador. "Hoy albergo sentimientos muy poderosos: me siento catarí, árabe, africano, gay, discapacitado, un trabajador migrante". Su guionista omitió a las mujeres y soslayó que el jefe de la FIFA es un censor que ha amenazado a los futbolistas para que no se atrevan a incomodar con sus críticas al anfitrión que paga la fiesta.

En la inauguración, Infantino tenía a su derecha al jeque de Catar, Al Thani, y a su izquierda al príncipe heredero saudita, MBS. Arabia Saudita es una dictadura ultrareligiosa que paga y alberga una Supercopa de España absolutamente surrealista. Capítulo aparte merece el hecho de que un pariente de los Al Thani está en busca y captura por blanqueo de capitales, administración desleal y apropiación indebida en su gestión del Málaga CF. Este jeque dejó al club en la ruina. Pero esas ya no son historias de la Edad Media sino delitos del siglo XXI.

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