Multar, multar y multar

Con las mascarillas pasa igual que con los cascos de las motos. Sin sanciones sólo se lo ponían los obedientes

Por un lado nuestro alcalde Kichi, entre banderas diversas, organiza un Juanillo pandémico en el castillo de San Sebastián (a puerta cerrada, como es lógico en ese castillo), y con fuegos artificiales a control remoto. Algo más allá, en la desaforada playa de Santa María del Mar, mil jóvenes organizan un botellón con reminiscencias evocadoras de barbacoas ecologistas, para festejar la Noche de San Juan. De ese modo, se está abriendo una brecha generacional, que puede desembocar en la niñatofobia. O sea, en la fobia a los niñatos, a los que no les sale de la zona noble cumplir las normas, y no usan las mascarillas, y montan los botellones, y habían llorado cuando enfermaron sus abuelos. Quizá ya no tienen abuelos. O quizá es que pasan de todo, sean ninis o no.

En esta disyuntiva, tan capciosa, se publican en este Diario unas declaraciones del subdelegado del Gobierno, José Pacheco, que envía un mensaje a los jóvenes, y dice que estamos en una lucha "a vida o muerte". Quiere enviar un mensaje "enérgico" a los jóvenes para que usen las mascarillas. Aunque hay excepciones, ya hemos visto que en la franja de edad de 25 a 45 años es donde menos se usa. Las parejitas tampoco, como si no sirvieran para ligar, a pesar del atractivo que supone quitar la mascarilla a la reina mora, o el rey moro, como jugando a las prendas. Pero el señor Pacheco se equivoca de destinatarios. El mensaje no se lo debe dar a los jóvenes, sino a los policías nacionales que tiene a su cargo. Igual que el Ayuntamiento tiene a los policías locales.

Iríamos por mejor camino si hubieran puesto mil multazos a los que estaban bebiendo alcohol y fumando algo en la playa de Santa María del Mar. Con las mascarillas pasa igual. Con las mascarillas pasa como con los cascos de las motos. Sin sanciones, al principio, no se lo ponían nada más que los obedientes y los prudentes, mientras que cuando comenzaron las multas aparecieron los cascos y se acabaron las excusas.

En este país (y en esta ciudad, y en esta provincia) sólo se entiende una receta: multar, multar y volver a multar, que diría Luis Aragonés, al que por algo llamaban el Sabio de Hortaleza. Es la filosofía que se asume. Sí, por las buenas sería mejor. Pero aquí confunden a los buenos con los tontos, y gusta mucho una picardía y un pasarse de listos y de traviesos. Cuestiones más profundas, como la solidaridad con los mayores, o el respeto a los demás, interesan menos, no les preocupan. Algunos médicos ya hablan del temor a una segunda oleada, a finales de julio, por esta relajación.

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