La firma invitada

Pedro / Grimaldi

Mujeres

MI madre trabajaba repartiendo leche, con tan sólo 9 años, en los tiempos en los que Franco, muy crecido tras "pacificar" el norte de África a bayonetazo limpio, mandaba lustrar las botas a sus capitanes y les instaba a emprender la gloriosa tarea de "salvar a Esssspaña". La madre de mi madre, mi abuela Ana, una mujer hermosa y de gran carácter, quedó viuda con 36 años y seis hijos. Una mañana de octubre de 1932 vinieron a avisarle de que su marido, que se ganaba la vida porteando sacos (trepadores, les llamaban entonces) había sido atropellado por el rápido de Algeciras al bajarse de un camión en la jerezana calle Medina. La noche del velorio, en la penumbra de la pena, y con el difunto de cuerpo presente, a mi abuela le robaron las pocas pesetas que guardaba bajo el colchón. Los compañeros de mi abuelo, conmovidos por la tragedia, y por el cuadro que quedaba en aquella casa de vecinos de la calle Cerro Fuerte, le organizaron un homenaje coincidiendo con una tarde de toros en la Plaza de Jerez. Al final del festejo, los seis hermanos (el más pequeño de pañales) salieron al ruedo con una pancarta en la que contaban su tragedia. La escena conmovió al respetable, que regó de monedas y de lágrimas el albero.

De vez en cuando, mi madre recuerda algunos episodios de aquellos tiempos en los que la infancia sólo era una ilusión de la que un gruñir de tripas te sacaba, de golpe, para arrojarte a la dura realidad de la miseria y del hambre. Cuando escucho su relato comprendo por qué tengo tan pocos recuerdos de la abuela Ana sonriendo. Mi madre tiene ahora 82 años y aspira a seguir echando la vida por delante muchos más. Como ella, miles de personas mayores, de aquella generación que dejó la niñez en las estrechuras de la guerra y la posguerra, son paseadas por el Inserso y llenan los hoteles de la costa en temporada baja. No se quejan. Al contrario. Reconocen que ahora se vive mejor y lamentan no haber tenido la décima parte de las oportunidades que tiene "la gente moderna" en estos tiempos de corporación dermoestética, anorexia y colesterol. A menudo, los mayores como mi madre reciben cartas oficiales de ministerios o consejerías -que hay que traducirles- en las que la autoridad les explica que su paga se ha visto revalorizada y que, por ello, se le ingresarán "18,06 euros adicionales, con lo que la nueva cantidad mensual que le corresponde por su pensión de jubilación no contributiva, pasa a ser de 336,33 euros", y bla-bla-bla, bla-bla-bla, según no sé qué decreto, concluye la carta. Otras veces les invitan a mítines, con autobús incluido, en los que después de agasajarles con embutidos, ensaladilla y refrescos, les cuentan qué porcentaje del PIB destina el Gobierno a sus pensiones, cuánto a financiar su asistencia sanitaria, y cuánto para construir nuevas residencias en las que muchos mayores puedan acabar sus días cómodamente. Antes de salir del acto, les largan el sobre ya preparado para votar, no sin antes explicarles que esa es la mejor opción para conseguir que su paga siga revalorizándose dependiendo de la evolución del IPC. Y cuando no les ofrecen el paraíso en vísperas electorales, a los mayores les intentan vender edredones, cacerolas, cuberterías y colchones que no necesitan, a cambio de darles el almuerzo y la merienda gratis. Son un ejército de buenas personas, dispuestas a ser devoradas por estrategias de marketing, brutalmente coercitivas, de las que nadie les defiende.

Mi madre nunca tuvo una muñequita Mariquita Pérez -aquella barbie española de los años cuarenta- con la que acurrucarse y compartir los sueños de la infancia; de una infancia de la que recuerda que siempre tenía frío, como consecuencia de la desolación estomacal y de la escasez de carbón para la estufa. En la memoria de cualquier abuela existen escenas estremecedoras de historias que ningún nieto debería perderse. En una de las que me contaron a mí de pequeño, aparece muerto el mulo de carga de la serradora donde trabajaba mi tío Lolo. Los obreros le robaban todos los días la algarroba con la que se alimentaba el pobre animal hasta que, de tanta dieta, le asomaron las clavículas por el pellejo y un día cayó fulminado.

Es bueno conocer que hubo un tiempo en el que el amor, el sufrimiento y la vida tuvieron otra escala distinta a ésta tan disparatada que vivimos. Yo me siento especialmente conmovido por la que le tocó vivir a mujeres como mi abuela Ana, que nunca vistió de otro color distinto al del luto, y como mi madre, que creció presa del hambre, pero rebosante de dignidad, en la austeridad de una sala y una alcoba de una casa de vecinos.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios