UN buen amigo me contó atribulado que había caído en la trampa de decirle a su hija que qué quería de regalo por sus notas espectaculares, que se lo compraba. La niña para seguir sorprendiendo a su padre le respondió con el nombre del móvil más caro y moderno del mercado. El caso es que mi amigo se sentía en el deber moral de comprárselo por haberle formulado la pregunta y porque su hija, eso es verdad, se lo merece todo.

Yo me puse estupenda y, por cierto, del lado de la madre, y le dije que su problema era una bendición pero que me parecía un disparate. Todos los amigos fuimos metiendo baza, unos diciendo que se lo había prometido y por tanto era deuda, otros, que la niña es tan responsable que no había peligro alguno. A los dos minutos el padre orgulloso ya estaba haciéndose preguntas sobre precios, compañías telefónicas o sobre si podría entregar el móvil viejo para un posible descuento. Vamos, que estaba entregado.

Me gustaba ver a mi amigo en su faceta de padre rendido sin condiciones ante una hija tan inteligente, tan buena y tan hábil a la hora de escoger regalos caros. Un padre capaz de tirar la casa por la ventana si con ello cumple con su palabra y hace feliz a su niña. Quién va a poner pegas.

Estaba tan feliz contemplando el espectáculo paterno-filial hasta que a los dos días le dieron las notas a mi sobrina Mercedes. Eran también espectaculares. Después de decirle que sus notas son lo que más feliz me hace, porque es así, le pregunté que qué quería que le regalase, que había que celebrarlo. La respuesta fue idéntica a la de la niña de mi amigo. El mismo móvil caro y supersónico. Uf, ni pensarlo.

No he sabido decirle que no se lo compro por lo que la quiero y porque me da miedo. Que no, porque no tiene edad para hacerse responsable de un aparato tan caro. Para qué decirle que en dos días sacarán al mercado una nueva versión y se quedará anticuado. Cómo enseñarle que es absurdo alimentar su vanidad con algo tan pequeño.

Sabía que no me lo ibas a comprar, no quiero nada, sentenció con toda la autoridad que es capaz de simular una niña de trece años. Ya se le pasará me digo, aunque siempre se recuerda más lo que deseamos pero nunca tuvimos.

Hoy los niños tienen cumples con muchos invitados y colas de regalos, comuniones con festines propios de una boda y regalos carísimos por la notas. Parecemos niños caprichosos y a ellos les hacemos parecer adultos infelices.

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