Opinión

Blas / Fernández

Monkey's way

Muchas de las ediciones en vinilo de las novedades de sellos independientes incluyen un cupón para la descarga gratuita en formato digital de esas mismas canciones por las que ya hemos pagado. Este hecho puede entenderse como una manera de agradecer el gesto -el de pagar, claro- o, también, como el reconocimiento, otro más, de la evidente transformación que hace años experimentó el hábito de escuchar música: incluso el partidario de levantarse del sillón para darle la vuelta al vetusto e incombustible LP escucha, en uno u otro momento, música comprimida (otros, me temo, sólo lo hacen ya en ese formato). Algunos de estos cupones apelan, sin embargo, a la buena voluntad del comprador, aconsejándole encarecidamente que ruegue a sus amigos que se abstengan de realizar copias y adquiera las suyas propias.

Pienso que este detalle ejemplifica bien el estado de confusión, cuando no de zozobra, que desde hace ya mucho atraviesa la industria discográfica: por un lado, se asume la digitalización del contenido como un hecho inevitable; por el otro, se rechaza lo obvio, que una vez digitalizado, éste fluye de manera incontrolable, libre.

La primera edición del Monkey Week, el pasado año, resultó ser un rico escaparate de las diversas posturas por parte de la industria en torno a esta realidad, dando asiento en sus mesas redondas tanto a partidarios del copyleft y las licencias Creative Commons -en resumidas cuentas, las que permiten y potencian la circulación de copias a través de la red- como a integrantes del lobby de los derechos de autor, ése que se ha demostrado tan capaz de modelar la legislación vigente según sus propios intereses. La cuestión, de tan candente, resultó hegemónica, y no hubo en la práctica convocatoria en la agenda del encuentro, oficial o informal, que no la abordase desde una u otra perspectiva. Predominaron, eso sí, los lamentos frente a las propuestas de posibles soluciones al mantenimiento del negocio, a no ser las que propugnaban medidas tan expeditivas como absurdas (si necesita más información al respecto consulte la Ley Sinde). Pero la cuestión hoy, como ayer, es si ese negocio, al menos tal como lo conocíamos hasta hace unos años, es sostenible; si vale la pena seguir mareando la perdiz, enredándose con compañeros de viaje bajo sospecha, o aprovechar el tiempo y el esfuerzo para construir salidas imaginativas e inéditas. Las discográficas independientes, en no pocas ocasiones fruto del puro amor por la música, pero no por ello menos conscientes de su papel como industria, saben mucho de lo uno y de lo otro, de esfuerzo y de imaginación. Convencido de tal extremo, uno no pierde la esperanza de descubrir posturas y propuestas sensatas, comedidas, entre la más que previsible llamada a las armas por parte de alguna de las entidades colaboradoras de este encuentro. En la era de la economía de la atención, la inteligencia en la exposición del producto es la clave del negocio, y el Monkey Week, a su manera, es el mejor expositor del que disponemos. Que sea por muchos años. Y que nos cunda.

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