Su propio afán

Mitología al día

El progreso no es más que una imagen, una imagen ni mejor ni peor que las otras quimeras de la imaginación

Para mantener el equilibrio en estos tiempos de actualidad zozobrante, me reservo un rato de lectura reposada. ¿Qué mejor, me animé, que una obra del siglo pasado del polaco Zbigniew Herbert que habla sobre la lejana mitología clásica? Empecé, pues, El rey de las hormigas, dichoso cual cigarra en agosto. El primer vistazo apuntaló mis esperanzas. La solución consiste en evitar «el extraño vicio de las personas que, en vez de encogerse de hombros, consideran que su sacrosanto deber es responder a preguntas idiotas y a dicterios insolentes, cosa que las convierte en presa fácil de toda clase de orates».

Me acurruqué en mi sillón y encogí mis hombros. Pero, ay de mí, que, de pronto, asomó por las páginas el fantasma del progreso: «Por desgracia, cuando alguien ha tomado la decisión firme de brindarle la felicidad al mundo entero, cuesta mucho hacerle cambiar de opinión. Éaco sabía que brindar la felicidad supone moverse, esforzarse y encaramarse más y más arriba. Lo que no sabía era que el progreso -por usar esta palabra siniestra- no es más que una imagen, una imagen ni mejor ni peor que las otras quimeras de la imaginación». Los súbditos de Éaco, los mirmidones, sí sabían que una vida personal sellada por la muerte es inmune a los cantos de sirena del progresismo, «gigante monstruoso que avanza triunfalmente hacia objetivos ocultos detrás del horizonte, siguiendo una línea recta que parte de la nada y se dirige hacia otra nada luminosa y mejor». El progresismo, en cambio, ve la muerte como un elemento reaccionario y prefiere obviarla por decreto. Los mirmidones entonces sugieren: «Tal vez el mundo vaya en esa dirección, pero ¿por qué ellos, los mirmidones, habían de parecerse al mundo, en vez de parecerse a sí mismos».

Tiene razón Herbert: «Muchos disgustos e incluso muchas catástrofes habrían podido evitarse con ayuda del sentido común, sólo que ésta es una virtud del espíritu infrecuente, sobre todo entre individuos pensantes y delicados».

Voy asumiendo que no seré pensante ni delicado, pero una última cita me devuelve al disgusto y la catástrofe, esto es, a la actualidad: «Ambos chicos, ya casi hombres, eran extraordinariamente apuestos. Es difícil decir algo sobre sus otras virtudes. Sólo más tarde resultaría que no tenían escrúpulos, lo cual es un rasgo característico de los individuos que intentan suplir su estupidez congénita con una ambición hipertrofiada».

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