Ni Jack 'El Destripador' ni Freddy Krueger, ni todos los personajes de Halloween juntos: quienes dan miedo de verdad son nuestros políticos. O han perdido el juicio o están a punto, contagiados por algún espíritu maligno que flota en el ambiente parlamentario, que les invita a la descalificación permanente para hacer sangre del adversario, crispando una atmósfera ya de por sí bastante cargada. Como si no tuviesen bastante con tratar de sacar a este país de la crisis, los podemitas dan miedo cuando se proponen acabar, incluso, con uno de los pilares de la Transición, que no es otro que la Corona, como si fuera la raíz de todos nuestros males. Los españoles son hoy tan monárquicos como hace 40 años, pero en ningún caso se plantean el debate tan forzado por Iglesias y los suyos, para defender la república frente a la monarquía parlamentaria, entre otras razones, porque el sistema parlamentario funciona, más allá de que algunos se empeñen en celebrar su funeral.

En el mismo tono radical, Pablo Casado acusa a Pedro Sánchez de golpista y se queda tan pancho. Sin matices, sin acotaciones, el presidente del Gobierno, según el jefe de la oposición, es un golpista. Si el PP continúa dando ruedas de prensa en los clubes de alterne y bajo los pinos, muy pronto dará escalofrío. A Ciudadanos, en su brusco giro al centro, también se le ha ido la pinza en esta espiral de locura. Su líder andaluz Juan Marín habla de la dictadura socialista en Andalucía durante los últimos 40 años con la tranquilidad del que pide otra ronda de cervezas. Todos están hartos de todos y dejan al respetable frío como el mármol, como si su cabeza estuviera ocupada por alpacas de paja. Sólo así se podría explicar que a Cospedal se le ocurriera decir que los chivatazos del ex comisario Villarejo a su marido y ella en primera persona contándole los movimientos policiales y las escuchas al PP no perjudicaron la investigación de la Gürtell y los papeles de Bárcenas. ¿Estamos locos? No hacía falta que admitiera que fue a ella a quien se le ocurrió destruir los ordenadores de la sede del partido, bastaba con que hubiese guardado un prudente silencio tras saberse pillada. Tan pillada como Dolores Delgado, que con el mismo Villarejo se echó unas risas refiriéndose al juez Grande-Marlaska -hoy compañero suyo de Gobierno- como "maricón". Para ser la mismísima ministra de Justicia, no está nada mal, ¿verdad? En lugar de dimitir y pegar su lengua al paladar, huyó hacia delante manifestando que se siente víctima "de la derecha, la extrema derecha y la extrema extrema derecha". Pero fue ella quien desveló, sin vacilar, que varios jueces acabaron con menores en un viaje a Colombia.

El Congreso enterró hace tanto los argumentos que hoy parece más un cementerio del arte de la política que un espacio de encuentro. Descanse en paz el diálogo. Cuando nuestros representantes están en desacuerdo, en lugar de apelar a los hechos se tachan de fascistas o comunistas y se acabó. Para colmo, sus acólitos, a través de las redes, se enzarzan en una lucha encarnizada, sin hueco para la razón, para derribar al rival, antes que para discutir. La inteligencia artificial ha sustituido a la emocional y nadie parece capaz de advertir que el diálogo y el consenso se antojan imprescindibles, a la espera de tiempos mejores, que no den tanto miedo como estos políticos que celebran Halloween todo el año: susto o muerte.

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