Merecimientos

La idea de que nos lo merecemos todo tiene una enorme e injustificada aceptación social

Di un taller de la Fundación Manuel Alcántara a los alumnos del IES Cadalso de San Roque sobre columnismo. Insistí muchísimo, como manda el programa, en que escojan un tema original y, sobre todo, sostengan una postura propia, porque, para decir lo que todo el mundo, sobran siempre voluntarios. Me pregunto si mi práctica estará a la altura de mi prédica (o si estaré vendiendo consejos que para mí no tengo).

Con esas dudas, encendí la radio y escuché del tirón varios eslóganes que hablan de que nos merecemos un gobierno que no nos mienta; de la radio que te mereces; del descanso merecido, etc. Desde luego que, teniendo en cuenta lo mucho que tiran de ese mantra de mercadotecnia, debo ser el único español al que se le corta el cuerpo cada vez que lo oye. También quiero, cómo no, un Gobierno que no nos mienta (aunque tenemos, ay, lo que merecemos). Oír una radio muy bien hecha; unas pensiones dignas; una Sanidad de primera, etc. Pero no me gusta que me digan que me merezco nada. Me entran unas dudas angustiosas.

Prefiero confiar en el abnegado cumplimiento del deber ajeno, y no tanto en que mis merecimientos sean fuente de derechos y obligaciones para nadie. Porque eso tiene dos consecuencias indeseables: la primera, fomenta la vanidad petulante y quisquillosa de la ciudadanía, a la que se adula indecorosamente. Segundo, al hacer depender los derechos del presunto merecimiento de los usuarios, se sientan las bases para justificar después el incumplimiento: "Es que usted, en realidad, no se lo merecía, hombre".

Aunque amarga, prefiero la verdad. Soy, por eso, un lector fervoroso de Paul Morand, que clamó: "Qué brutos son nuestros lectores". No nos dijo, fíjense, que nos daba lo que nos merecíamos, sino más, y eso quiero yo, que me den mucho más de lo que me merezco y, además, sin pelotearme.

"Quiéreme cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite" es frase que no sé si cinceló Stevenson u otro, pero que me viene como anillo al dedo. Es mi actitud en el amor y en todo en general. Por ejemplo, no sé si me merecí la exquisita atención de los alumnos del IES Cadalso (la atención de un adolescente, edad dispersa por excelencia, es un oxímoron ontológico), pero aquí estoy tratando de estar a la altura, como un discípulo más, de la lección que tan callados me escucharon. ¿Soy el único que aspira a no desmerecer demasiado lo que sabe de sobra que no se merece?

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