Gafas de cerca

José Ignacio Rufino

jirufino@grupojoly.com

Matar de amor tu paraíso

A todas las personas nos gusta ser reconocidas, salvo a los que de verdad, y no de pose, conocieron el secreto de la misantropía -cara B de la filantropía que dijo aprender Machado, quizá del mismo Dios- y sufren a mucha o poca honra lo que los psiquiatras llaman trastorno de adaptación. El gusto excesivo de ser admirados por aquellos que nos sirven de referente o de trampolín social se llama vanidad. Los terapeutas de las cabecitas humanas ayudan a los pacientes tanto a controlar una vanidad patológica y su parejo afán de notoriedad como a promover la autoestima a quienes no saben sacar pecho ni aun mereciéndolo: en el centro está la virtud, se dice, no sé yo. Quienes, como Oscar Wilde, entraban en las universidades de postín por la puerta donde se leía Sine Nobilitate, sin nobleza, propiciaron el apócope Snob (un juego con las letras de esa expresión latina): gente que necesitaba el reconocimiento, y que no dudaba en valorar a cada persona por la promoción que ésta pudiera proporcionarle de una u otra manera.

Una forma de buscar reconocimiento es "estar donde hay que estar". El acelerador de partículas banales que es internet con sus redes de contactos nos muestra cada verano, Navidad y fiesta señalada que el "Yo estuve allí, y míralo, aquí tienes la prueba" ya no cursa con camiseta de Karlovivari o del Festival de Jazz de San Sebastián, sino con Facebook, Instagram y grupo de Whatsapp. Gente que conoció las playas algarvías o alentejanas cuando aquello se tenía por -ay, esa ignorancia soberbia del "hermano español"- un erial de viejos en motillos con serones y cascos con línea de fixo y, ya puestos a ofender a base de topicazo, señoras bigotudas. Y no paró de relatar -y cansar con fotos, que ahí te voy- las inmensas bellezas de esas costas, haciendo de promotor turístico gratuito. Otro tanto cabe decir del Estrecho de Gibraltar y sus contornos, o las Alpujarras. De forma que ahora se han convertido en destinos turísticos hippie chic, mutados en una versión cartón piedra de sí mismos, llenos, también, de gente que se da un baño de vida alternativa, buen rollo mortalito, algún liadillo aliñado y pescado de roca o atún rojo que no sabe uno. Y se lamentan, también en red social, de que han ampliado un carril tal carretera o de que van a colocar un hotel en aquel paraíso surfero del que nos sentimos pioneros. Pioneros, quién sabe. Pero seguro que sopladores del viento turístico que quema esas costas que decimos amar tanto. Casi tanto como Rosariyo, Wyoming y el Diez Minutos.

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