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El capítulo final del Evangelio de Marcos, y en concreto sus versículos 9 a 20, constituye un verdadero misterio. Casi nadie defiende hoy que el evangelista escribiera nada de lo que sigue después de 16, 8. Respetadas versiones de la Biblia, como la de Jerusalén, recogen en nota a pie de página tal discordancia: "Este 'final' de Marcos -dice- forma parte de las Escrituras inspiradas […] Esto no significa necesariamente que haya sido redactado por Marcos".

El problema surge porque el llamado "final largo" (16, 9-20) no figura en los manuscritos más antiguos. Sucede así en dos de los más importantes (los Códices Vaticano y Sinaítico). Y aunque autores y documentos parciales anteriores a éstos sí aluden a los párrafos polémicos, lo cierto es que se constatan insalvables diferencias de estilo y de lógica narrativa entre el presunto añadido y el cuerpo previo indubitado.

¿Cómo se explica todo esto? Pues los especialistas ofrecen tres hipótesis: según la primera, hubo un final del Evangelio original, en el que seguramente se contaban apariciones de Jesús, pero ese final se perdió; para la segunda, Marcos no tuvo tiempo de terminar su Evangelio y lo interrumpió bruscamente en este punto; afirma la tercera, la más inquietante, que Marcos quiso finalizar su relato precisamente como lo hizo.

He calificado esto último de inquietante. Créanme que lo es; y acaso por ello los esfuerzos posteriores por concluir lo que no se aceptaba como "acabado". Según Marcos, las mujeres (María Magdalena, María la de Santiago y Salomé), tras el encuentro con el ángel, que les anunció que Jesús no estaba allí, "salieron huyendo del sepulcro" y, atemorizadas, "no dijeron nada a nadie". Ahí concluye el evangelista. Un final súbito y enigmático.

No falta quien encuentra sentido en la decisión de Marcos. Con ese final abrupto todo queda en el aíre, pidiendo a gritos la voz de alguien que proclame la transformadora noticia. De este modo, son los lectores los llamados a completar y continuar la historia. Somos nosotros, conocedores ya de la vida de Jesucristo, los interpelados a comprometernos en la difusión de la buena nueva. Quizá Marcos sabía que la resurrección de Jesús ha de acontecer en cada corazón. Y su silencio, respetuoso y acuciante, no es más que una invitación a que cada cristiano ultime, en lo recóndito de su alma, encarnada y no descrita, para sí y para los demás, la revolucionaria peripecia del Cristo redivivo.

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