Mar de fondo en el Congreso

Batet se ha estrenado con un estrés inusitado en el Congreso. Es el signo de los tiempos. El número de gamberros institucionales ha aumentado en la guardería de Las Cortes esta legislatura. Tanto, que los malotes oficiales de la pasada, el niño de la fotocopiadora y el muchacho de la cal viva, están sorprendidos de la mala de educación que hay en la Cámara. A Rufián e Iglesias les gustaría que remitiera la espuma que levanta el oleaje en el Congreso. Los maestros en la provocación y la payasada ¡están incómodos!

Los políticos entregados al espectáculo tienen precedentes gloriosos. En el Parlamento Europeo fueron famosos los números que montaron Ian Paisley y Jean Marie Le Pen. El pastor protestante norinlandés le armó un escándalo a Margaret Thatcher en el 86, que provocó la suspensión de la sesión hasta expulsar al iracundo diputado. Y en vista del éxito obtenido, repitió la fórmula contra Juan Pablo II en el 88. Y al ultraderechista francés le complacía alborotar calificando el holocausto de anécdota de la historia y cuando le increpaban los diputados alemanes, les reprochaba haber hecho la guerra con Hitler. (Es la línea que sigue Vox sobre violencia de género o sobre presuntos talleres de zoofia y homosexualidad en los colegios).

Pero ahora Iglesias quiere ser ministro y Rufián pretende el indulto para sus jefes procesados por rebelión y comprometer al nuevo gobierno de izquierdas a que busque una salida al embrollo catalán. Están bajando el diapasón. Acabarán hasta entendiéndose, a pesar de que no hay buena química entre ellos. En esa línea de compadreo, Podemos votó en contra ayer en la Mesa del Congreso cuando por fin Babet se decidió a suspender a los cuatro diputados presos. La presidenta, después de marear la perdiz durante tres días, sacó una decisión que era automática con los votos de PSOE, PP y Cs. Urge acabar con los falsos acatamientos de la Constitución, dicho sea de paso.

Pero de momento esto no es más que la espuma del oleaje. El problema es el mar de fondo que provoca ese oleaje: un grupo de ultranacionalistas catalanes que procedentes de campos políticos muy diversos están empeñados, a costa de lo que sea, en forzar la independencia de Cataluña en contra de la mitad de su población. Y esto no se soluciona con postureo, payasadas, ni provocación. El Estado está teniendo mucha paciencia y la herida sentimental, dentro de Cataluña y en el resto de España, aumenta.

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