Después de más de setenta años en el poder, el Partido Comunista de China ha celebrado el centenario de su fundación con un discurso triunfalista del que no se puede decir que no tenga fundamento, pues desde que las reformas de Deng iniciaron el cambio de rumbo, en el confuso periodo que siguió a la muerte del Gran Timonel, la economía de la potencia asiática ha experimentado un crecimiento verdaderamente espectacular, a un paso de convertirse en la primera del planeta. Reforzado en su liderazgo y haciendo gala de un poder que supera con mucho al de sus inmediatos predecesores, el presidente de la República Popular tiene motivos para alardear del progreso de su inmenso país en los últimos tiempos, pero inquieta que su modelo, el llamado "socialismo con características chinas" -una insólita especie de capitalismo controlado por el Estado, o sea por el mandarinato que dirige el Partido- haya acentuado su carácter autoritario y tenga hoy, gracias a la tecnología que ya no necesita importar, más medios que nunca para ejercer su dominación omnímoda. Viendo el gigantesco retrato de Mao que presidía el aniversario, nadie podría deducir que ese hombre literalmente venerado, padre de un Estado que no ha renunciado a los símbolos fundacionales, fue el mayor criminal en serie de la historia del siglo XX. Con razón señalan los historiadores, por ejemplo el holandés Frank Dikötter, autor de una reveladora trilogía sobre las décadas posteriores a la "tragedia de la liberación", que los horrores del maoísmo han sido menos divulgados -en parte por la continuidad del régimen, poco interesado en conservar las huellas- que los provocados por otros sistemas totalitarios. Hitos de esa formidable tarea de destrucción, que dejó decenas de millones de víctimas, fueron no sólo la desastrosa Revolución Cultural, al desnortado hilo de la cual surgieron en Occidente decenas de grupúsculos radicales, los llamados prochinos, que alcanzaron mucha visibilidad en los años sesenta y setenta, sino también el denominado Gran Salto Adelante, un completo fracaso que tuvo consecuencias catastróficas para una población diezmada. Mientras el causante de toda esa devastación era glorificado como benefactor de la humanidad, la "China viva y sufriente", como la calificara Simon Leys, un lúcido y honrado admirador de Orwell que fue de las primeras voces autorizadas que alertaron sobre el verdadero rostro del tirano, padecía los rigores de un delirante experimento de ingeniería basado en la coacción, el terror y el empleo sistemático de la violencia. Bienaventurados los que se atrevieron a decir, como el gran sinólogo belga, que el Emperador estaba desnudo.

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