Me llama la atención que esta España tan supuestamente aconfesional, moderna y enfrentada siga acudiendo a los cementerios a rendir homenaje a sus muertos. Cuando salen año tras año en los informativos de la tele los camposantos a rebosar, con sus puestos de flores a la puerta, me imagino esas imágenes en blanco y negro iguales a las de hace cuarenta o cincuenta años. Todo sigue en su sitio me digo, al menos los muertos y los que los acompañan y rezan en su día. En casa nunca hubo esa tradición de visitar a los muertos, de modo que yo sólo he pisado el cementerio, en contadas y tristes ocasiones, para despedir a alguien querido. Después no he vuelto nunca. Y anda que un cementerio no tiene cosas que mirar: de la riqueza de los panteones a la pobreza estrecha y discreta de los nichos, de la vanidad al olvido, del amor inquebrantable a la fealdad más absoluta de las flores de plástico porque no hay nada más feo y que envejezca peor que una flor contrahecha. Poner esas flores tan horrendas sólo se puede hacer a mala idea, para mortificar a los muertos. Y las fotos que nos miran con el tiempo parado y los ojos de estatua, que merecen capítulo aparte. Los cipreses, como las vidrieras de las iglesias, son el mejor acompañamiento para el misterio insondable de la muerte, el único punto por el que entra la esperanza y la luz sin fealdad ni tristeza alguna. Los cipreses nos enseñan que para entender la muerte hay que mirar al cielo, no al suelo. El caso es que después de morir mi padre, aunque no teníamos tradición de ir al cementerio, mi madre se inventó la costumbre y comenzó a ir. Sabía que conmigo no podía contar y echó mano de mi hermana siempre dispuesta a darle gusto. Al año siguiente, y después de pensárselo, me contaron algo sorprendente. Acudieron a ponerle flores a mi padre y encontraron un ramo fresco. Pensaron que se lo habíamos llevado alguno de sus hijos, pero no. ¿Quién le habrá llevado flores? Me preguntaban una y otra vez. Yo para tranquilizarme lo primero que quise saber es si eran de plástico. No, no, era un ramo muy bonito, dijo mi madre. Pensé en alguien que le quisiese, en alguien desconocido que se apiadó de él y le dejó flores, como esas personas que visitan a los enfermos sin conocerlos. Pensé en el misterio de toda vida aun después de la muerte y en la novela no escrita que hay en ese bonito ramo de flores frescas, en las delicadas manos anónimas que lo dejaron. Mi gratitud.

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