por montera

Mariló Montero

Mandela

NELSON Mandela sigue vivo. Y yo lo celebro. Por casualidad, esta semana me reencontraba con un amigo que hace años trabajó para el ex presidente sudafricano, de quien tiene el único recuerdo que se puede tener del abuelo de Sudáfrica y que es muy similar al enamoramiento. Si hubiera alguien ajeno a lo que hizo el héroe del apartheid debería invertir unos pocos minutos de su vida en conocerlo. Al menos 67 minutos por los 67 años de su lucha por los derechos humanos. Es lo que hace la comunidad sudafricana llamada a hacer obras que conviertan el día del cumpleaños de Madiba -el 18 de julio- en otro día de Mandela.

Por la mañana los niños, más de doce millones, le dedican canciones en los colegios. Otros arreglan sus huertos mientras hay quienes recogen las basuras de las callejuelas o cocinan meriendas para los niños de los barrios. En Kliptown, un barrio de chabolas de Soweto, hay quien se encarga de pintar de color pitufo la chabola de familias desfavorecidas para mejorar su vida. En la zona Xosa, de Sudáfrica, las chabolas son de colores vivos y ver salpicadas por las colinas a todas ellas refleja una felicidad interna que se expresa al exterior para contagio universal.

En la conversación con mi amigo quedé algo desilusionada por lo que él me contaba según los comentarios que fue recogiendo por la ciudad de Johanesburgo. Me dijo que Mandela estaba muy enfermo, que además del cáncer de próstata padece la enfermedad de Alzheimer. Si la leyenda en vida, con 94 años, está perdiendo su memoria, nosotros debemos mantenerla viva. Pero al abrir el periódico, al día siguiente, me encontré con un Mandela, un Tata, como también le llaman, sentado en una mesa llena de alimentos ricos y rodeado de al menos una docena de sus familiares.

Durante le tiempo que estuvo encarcelado, donde sólo le permitían recibir una carta y una visita cada seis meses, sobrevivió con una paz interior que fue enseñanza para los miembros de su gobierno a quienes les conminó a olvidar el rencor y la venganza. Las noticias, pues, del periódico me llenan de tranquilidad al ver que el Nobel de la paz, el Príncipe de Asturias, está envuelto del cariño de todo su país y del otros lugares del mundo desde donde le llegan felicitaciones. La salud de preso número 466/64 es frágil pero pudo celebrar sus 94 años ante los ojos del mundo desde una pequeña casa en la diminuta aldea de su infancia, Qufu, en Easten Cape. Y donde mi consuelo se halla en que siga estando presente entre todos nosotros. Quienes también estamos, como su comunidad, invitados a perpetuarle al hacer una acción solidaria mientras él disfruta de su música preferida Händel y Tchaikovsky , como cada día, en su atardecer.

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