PARECEN revoluciones, sería bueno que lo fueran, pero no lo son, al menos tal como las concebíamos en el siglo pasado: movimientos organizados cuya finalidad era derrocar gobiernos obsoletos y represivos, para alcanzar el poder y establecer un nuevo modelo de sociedad de acuerdo con sus aspiraciones. Hasta el momento se parecen más a rebeliones que pretenden acabar con gobiernos corruptos y despóticos, durante muchos años ciegos y sordos a la evolución de sus países que gobiernan con puño de hierro. Sus dirigentes se consideran salvadores de la patria -sin nosotros el caos o el fundamentalismo islamista- y también agentes del desarrollo económico que capitalizaban sobre todo en su propio beneficio. Tras muchos años de represión, debían pensar que sus compatriotas estaban dispuestos a aceptar de por vida el papel de súbditos, que no el de ciudadanos.

Contaban con el apoyo de las potencias occidentales, más preocupadas por su seguridad e intereses políticos y económicos que por la defensa de los derechos humanos y las libertades, aunque ahora rechacen todo tipo de lazos o connivencias con los déspotas caídos.

Conviene recordar que muchos de estos regímenes surgieron de los grandes sueños de liberación del mundo árabe y magrebí, dirigidos por líderes carismáticos que iniciaron las revoluciones nacionalistas en los años 50. Ben Ali, que llevaba en el poder 24 años, lo consiguió tras el golpe palaciego que desbancó a Burguiba, el gran artífice de la República Tunecina, el Combatiente Supremo, como se le conocía, y el padre de la independencia tunecina, que a su vez quiso eternizarse en el poder, perdiendo buena parte del prestigio que como estadista había conseguido en el mundo árabe.

Mubarak es el tercer general que dirige Egipto después de Nasser y Sadat. El asesinato de este último a manos de varios soldados islamistas en un desfile militar el 6 de octubre de 1981 le permitió alcanzar la jefatura del Estado. La tarea del entonces joven Mubarak al frente del primer Estado árabe que había reconocido a Israel, no era un asunto fácil. Sin embargo, con el apoyo del Ejército, Mubarak se convirtió en un cauto y astuto político que concentró casi todo el poder y no dudó en utilizar la represión y las prebendas para consolidarlo.

Gadafi fue un joven militar que derrocó en 1969 a la recién creada monarquía Libia. Admirador de Nasser, basó su liderazgo en el panarabismo y un agresivo antiimperialismo. Prometió a su país "una nueva era en la que todos serían libres y vivirían en prosperidad, igualdad y hermandad". No tardó mucho en convertirse en un déspota cruel y mesiánico.

Estos regímenes "liberadores" que habían despertado todo tipo de esperanzas, pronto traicionaron los ideales revolucionarios. Osificados, ineficaces y corruptos, no fueron capaces de resolver los desafíos que se les presentaron y optaron por mantenerse en el poder a cualquier precio. Tampoco estaban preparados. Poco a poco se deterioraron y con el paso del tiempo se convirtieron en una trágica parodia de sus antiguos sueños. Y es que los muchos años puede que hagan mejorar el vino, pero corrompen siempre a los hombres y mujeres en el poder; y no sólo en los países musulmanes.

En cualquier caso, la historia del mundo árabe en los últimos dos siglos no ha sido precisamente bienaventurada. Después del hundimiento del imperio otomano en el siglo XIX, han venido padeciendo, salvo breves momentos esperanzadores, los estragos y la opresión del imperialismo occidental, de sus propias oligarquías y de sus dictatoriales sagas familiares.

De forma sorprendente e imprevista, como últimamente viene sucediendo con los cambios en este mundo globalizado, estos pueblos se han despertado y han decidido rebelarse. Si fuimos incapaces de prever el hundimiento del sistema comunista o la crisis económica, todavía lo hemos sido aún menos para prever estas rebeliones, que, como las olas de un maremoto, se extienden por doquier y están haciendo tambalearse los regímenes autoritarios de un extremo a otro del mundo musulmán. Nos sorprenden todavía más, dado que solíamos considerar a los musulmanes casi genéticamente incapaces de liberarse de sus cadenas y tratar de gobernarse a sí mismos. Y rompiendo todos los prejuicios resulta que, en principio, son movimientos espontáneos inspirados no por el fundamentalismo islamista, sino por una emergente y prometedora sociedad civil. Caminen hacia donde caminen, muchos son los logros que han conseguido en tan sólo unas semanas. Han hecho tambalear los cimientos de las estructuras despóticas de sus países, y puede que hayan herido de muerte los viejos sistemas de gobierno. A partir de ahora, nada será igual.

Estas revueltas son fenómenos novedosos. Puede incluso que sean el prototipo de las revoluciones del siglo XXI y anticipen toda una serie de cambios y turbulencias que a buen seguro se van a producir en próximos años; cambios trascendentales que no habíamos previsto, pero cuyas semillas hemos venido plantando en las últimas décadas sin haber querido imaginar sus consecuencias. Allá por el año 1800 en el mundo había unos mil millones de habitantes, ahora unos siete mil. Para pasar de mil a dos mil millones necesitamos más de un siglo y para llegar a los tres mil sólo 30 años -de 1927 a 1960-. Actualmente crecemos mil millones cada 12 años, a razón de unos 80 millones de personas cada año. Alcanzaremos los ocho mil millones antes de 2030. ¡En todo caso demasiados! No resulta fácil saber cómo se gobernará este increíble número de personas, cómo vamos a generar empleo y de dónde obtendremos la energía, el agua y el resto de los recursos necesarios para que viva dignamente este excesivo número de gente.

Por tanto, estas rebeliones tienen mucho que ver con la explosión demográfica que se ha producido en el mundo musulmán desde mediados del pasado siglo, que las ha transformado radicalmente. Son, en parte, rebeliones y revoluciones urbanas, de las generaciones jóvenes. No en balde algo más del 50% de los habitantes de estos países tienen menos de 30 años. Túnez ha duplicado su población en los últimos 50 años, aunque ha sido el país que mejor ha controlado su demografía. En parte por eso quizás sea el que tiene mayores posibilidades de cara al futuro. En el resto, el crecimiento es impresionante. Egipto rondaba los 22 millones y El Cairo no llegaba a 3 millones de habitantes en 1960. Hoy día alcanza unos 85 millones y el área metropolitana unos 22 millones: En esta ciudad hay unos 11 millones de jóvenes, con una enorme tasa de desempleo sin posibilidad reales de trabajo y la mayoría en el umbral de la pobreza. El ingente número de personas reunidas día tras día en la plaza Tahrir hacía muy difícil la represión por un régimen contra las cuerdas, salvo que optara por una matanza.

Libia es un caso aparte. Con un extenso territorio, de un millón setecientos mil kilómetros cuadrados, y pocos habitantes, alrededor de 6,5 millones, se formó de las cenizas del colonialismo italiano, convirtiéndose en un reino que aglutinó tres grandes regiones casi desérticas y tribales, la Tripolitania, la Cirenaica y el Fezzan. Para su desgracia, se encontraron enormes reservas de petróleo y en pocos años, alrededor de 1970, sus exportaciones casi igualaban a las de Arabia Saudí. Sin instituciones y tradiciones de gobierno, nada ni nadie pudo controlar la megalomanía de Gadafi. Lo que está sucediendo se debe al mesianismo y crueldad de un dirigente que puede que jamás haya estado en su sano juicio.

Sin duda las nuevas tecnologías han jugado un papel importante, pero no deben magnificarse. Difíciles de controlar, su información fluye con rapidez y fomenta la libertad, pero todavía el mundo de internet no está muy arraigado en estos países. Cuestión aparte ha debido ser el poder de la televisión, ya que por pobre que sea la gente, rara es la casa en el que no existe una antena paradiabólica, como suelen llamarla los islamistas.

Los agentes reales del cambio han sido sobre todo los jóvenes, las nuevas generaciones, espoleadas por la represión, la pobreza, la falta de oportunidades y el escandaloso e injusto reparto de la riqueza y, sobre todo, el Ejército, que al mantenerse al margen de la represión, al haberse alineado con el pueblo, ha sido quien ha derrocado a los dictadores.

Pero no existe, al menos de momento en ninguno de estos países, un proyecto de futuro, no sabemos hacía donde se dirigen. Como sutilmente ha escrito Bechir Ben Yahmed, el editor-jefe de la revista Jeune Afrique, uno de los semanarios mejor informados e influyentes en la región: "El levantamiento egipcio -lo mismo podríamos decir de los otros países- se debe sobre todo a la desesperación de un pueblo que aspira de momento a cambiar la silla del caballo y al jinete para sentirse mejor, para recuperar la estima de sí mismo y el respeto de los demás". En cualquier caso, y de forma admirable, han conseguido acabar con el jinete -lo que no es pequeña cosa-. Se trata de saber ahora si también están preparados para cambiar de caballo, en definitiva, para construir una sociedad que camine hacia la libertad, la democracia y satisfaga las aspiraciones de cuantos se han levantado para conseguir un futuro mejor y más digno.

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