España se hace pedazos y nosotros nos entretenemos pensando en 'Lonchas'. 'Lonchas' es un perrito salchicha que se ha perdido en Madrid y nos ha distraído de Cataluña. Al menos yo no pienso más que en encontrarlo, no sólo por la pena que da un perrito perdido y unos dueños desesperrados (quien lo probó lo sabe), sino también, ejem, por la recompensa. Ofrecen 10.000 euros y uno echa números y le saldría a cuenta pasarse cinco meses buscándolo ocho horas diarias. En este mes de segunda vuelta del IRPF y del IBI, en que las finanzas las tengo hechas picadillo, ¡quién diera con 'Lonchas'!

Lo automático es criticar esa recompensa desmesurada, desde luego, pero yo no. Léon Bloy dijo que "un acto de amor nunca es ridículo", y qué duda cabe que el dueño que ofrece esa milenada por su perrito, lo quiere mucho. No voy a adornarme, pues, con demagogia barata sobre ese dineral, aunque el mismo Bloy pondría muchos reparos a dar un uso tan canino al dinero en vez de dárselo a él, siempre pedigüeño, o a otro, incluso. Me quedo con el acto de amor y con la paradoja de usar una idea de Bloy para comprender algo que a él le irritaría sobremanera.

Mi único pero es la sospecha de que esto va a animar a los ladrones de perros. Es lo que tiene pagar por un secuestro, aunque sea canino. Antes, en una España más rural y sin chips identificativos, se robaban muchos perros. Un abogado de reconocido prestigio hizo carrera durante la carrera atrayéndose perros de raza y luego devolviéndoselos muy amable (tras un periodo de espera para que la angustia hiciese su parte del trabajo) a sus dueños. Les contaba que los había encontrado mientras paseaba. Poniéndonos literales, era verdad que se los había encontrado; y tanto. Los dueños, agradecidos al atildado muchacho, le daban una propina entusiasta, con la que él subvencionaba sus denodados estudios para defender la ley y la justicia.

Como yo le he disculpado al dueño que ofrezca tal fortuna por un perrito, porque hay cosas que el dinero no puede comprar, espero que él me disculpe otra censura, más estética que ética. Ponerle 'Lonchas', precisamente, a un perro salchicha tiene un regusto cruel. Dan tentaciones de desear que lo tengan recogido en otra casa donde le hayan puesto un nombre más serio, como 'Streunend'. Pero son tentaciones que rechazo: ojalá vuelva pronto con un dueño que lo quiere tanto y que estará hecho lonchas, digo, trizas.

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