La imagen cirarteguiana encargada en 1793 por la Hermandad de la Soledad estuvo en depósito en las Casas Consistoriales isleñas durante poco más de medio año, de septiembre de 1793 a abril de 1794.

El propio Cirartegui se dirigió al obispo de Cádiz en noviembre de 1793 declarando que la efigie le había sido "extraída" por la justicia ordinaria a instancia de Parodi "para retenerla por vía de depósito en las Casas Capitulares", pero que estos hechos no libraban a la Hermandad de la Soledad de cumplir su parte del contrato, por lo que solicitó que el prelado decretara que la congregación de la iglesia parroquial le pagara y satisficiera la cantidad estipulada. Este es el principal, aunque no único, testimonio de la autoría de la imagen, firmado por el propio escultor guipuzcoano. El contrato con la Hermandad de la Soledad al que aludía Cirartegui no se ha conservado desafortunadamente.

Igualmente presentó otro memorial al Ayuntamiento isleño en marzo de 1794 suplicando se le reintegrara la cantidad de 3.000 reales de vellón en que había contratado la construcción de la imagen con la referida congregación parroquial. Este memorial dirigido a la autoridad civil local tampoco se conserva lamentablemente.

El taimado clérigo genovés convino entonces con el defraudado escultor vasco en abril de 1794 la conclusión de la imagen por 2.500 reales de vellón, dando 1.000 de esta moneda cuando se le entregara el simulacro por parte de los responsables del Ayuntamiento donde estaba depositado, y los 1.500 restantes cuando estuviera perfectamente concluida. Es decir, Parodi contrató con José Cirartegui -al que llama a veces "José Howe", como una evidente designación de clan familiar artístico- la terminación total de la imagen, pagándole por ello 2.500 reales, quinientos menos que lo contratado con la Soledad.

Parodi declararía más adelante a la justicia local: "que con el motivo de haber alzado la mano los hermanos de la hermandad de la Soledad -según le informó el artífice don Josef Owe- en la construcción de la citada efigie, contrató el declarante con dicho artífice el que se le acabase por su cuenta, como en efecto se la dio totalmente concluida en la cantidad de dos mil y quinientos reales vellón".

De este modo, para dar cumplimento a este nuevo contrato y haciendo valer su privilegio de exclusividad obtenido del alto organismo madrileño, el sacerdote italiano consiguió de algún modo que los funcionarios municipales le hicieran entrega de la imagen depositada. Cirartegui la perfeccionó y concluyó poco después. Y así lo consignó igualmente el escribano municipal: "…se verificó la extracción de la expuesta efigie y entrega de ella al don Santiago Parodi, y la de mil reales de vellón por éste al don José Tomás Sirastegui, y en catorce del insinuado mes [de abril], por la presencia del mismo escribano, entregó el propio presbítero al presupuesto artífice la cantidad que le restaba de mil y quinientos reales de la propia especie con arreglo al convenio que tenían celebrado".

Lo mismo consignó Parodi en sus propias cuentas: "Por una Efigie del Señor del Santo Entierro que, sin rematar, se hallaba en la Casa Capitular de esta Villa, mandada construir por la Hermandad de la Virgen de la Soledad, pero por orden del Supremo Consejo de Castilla fue man[da]do entregarme para su conclusión y dotación de mi capilla, a cuyo título estoy erigiendo con anticipación a la disposición de mandar construir dicha Hermandad: 2.500 reales".

Y en una solicitud del procurador de don Santiago cursada en 1795 ante el Consejo de Castilla se insistió en el nombre del autor: "A resultas del depósito ejecutado en virtud del superior decreto del Consejo, no de la efigie del Sepulcro propia de la Hermandad de la Soledad, sino de la materia de que pretendía hacerlo, y se concluyó después a costa de mi parte, según lo acredita el papel de convenio número 10, otorgado con el tallista don Josef Cirartegui…"

Como propietario que ahora era de la imagen pagada al artífice, Parodi determinó alevosa y sorprendentemente mandarla a la ciudad de Lima, en el Perú, para su venta, embarcándola para ello en el navío real "San Fulgencio". Pero esto no tuvo efecto, pues dicho buque de guerra no pudo llegar a América y regresó a la bahía de Cádiz con su cargamento. ¿Qué suerte habría corrido esta imagen carraqueña en tierras andinas e incaicas de haber arribado a su ignominioso destino…? Sólo la Pachamama y Viracocha pueden saberlo.

Así lo explicaría el propio don Jácome poco tiempo después ante las autoridades que inspeccionaban sus cuentas: "Como dueño propio que se consideraba de la referida efigie, determinó mandarla a la Ciudad de Lima para su venta, encargada a un eclesiástico, digo, a un particular llamado don Josef cuyo apellido no tiene presente, para cuya entrega y conducción iba encomendada al caballero comandante del navío de S. M. nombrado San Fulgencio, quien por particular favor se ofreció a llevarla sin otra alguna orden, lo que no tuvo efecto por no haber podido llegar dicho buque a Lima, y por consiguiente arribó a la Bahía de Cádiz; y como quiera que no se verificó el que llegare dicha efigie a Lima, esta fue la causa que le estimuló para borrar la palabra Lima [de sus cuentas]".

El clérigo ligur la dejó entonces depositada en un almacén del Arsenal de la Carraca durante el año 1795 y parte de 1796. Vemos que, en todo momento, Parodi está guiado por el ciego deseo de que su primitiva imagen genovesa sea la exclusiva en la Isla de León, lo que implicaba deshacerse a ultranza de la efigie "rival" que había encargado en principio la hermandad soleana al escultor tolosano, enviándola lo más lejos posible, sin reparar en valoraciones artísticas ni económicas.

(continuará)

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