Calle real

Enrique Montiel

El Liceo

El Padre Provincial carmelita Francisco Jaén resumió la jornada inolvidable del pasado viernes con estas sencillas palabras: "Este es mi Liceo, este es el Liceo que yo quiero". De algún modo, bajó a la realidad a un público que levitaba todavía tras una sesión de exaltación de la figura de San Juan de la Cruz, el más excelso poeta de nuestra lengua, sin duda ninguna; de la intervención, absolutamente perfecta, de una Madre de la Clausura sevillana del Carmelo, Inés, que traspasaba desde una humildad serena, suave y alegre el tópico de la monja enrejada y oculta entre altos tapiales, pues realizó una disertación sobre el poeta místico carmelita que será inolvidable para quienes tuvimos la oportunidad de oírla... Y, sobre todo, por la actuación de los alumnos del Liceo, dirigidos por Jesús García Sánchez, coordinador del Departamento de Lengua y Literatura del centro carmelita isleño. Violines y guitarras, viento, piano y cantante hicieron las delicias de un público que llenaba el salón de actos del colegio y presenciaba de pie en el exterior. Con una contención escénica notable y unos elementos expositivos ciertamente pequeños, el Departamento de Lengua y Literatura logró una exaltación de la poesía sanjuanista como no había tenido ocasión de ver en mi vida.

El motivo es el anual de entrega de los Premios San Juan de la Cruz. Para alumnos de ESO y Bachillerato de la provincia de Cádiz. Y este acto sencillo en el corazón de un colegio sencillo y grande, nos reconcilia con una juventud que sí sabe de espíritu y espiritualidad, y sabe expresarlo con las palabras del poema o con las palabras de la prosa, dominando ya a su edad el "mezquino idioma" del que se quejaba Gustavo Adolfo Bécquer.

El actual director del Liceo, el carmelita cañaílla Ángel Palomino, que es hombre llano, joven y risueño, cerraría el acto recordando los versos de uno de los jóvenes poetas que llevaron sus palabras al certamen. Un verso lo resumía todo: "Soy un poeta muerto". Si no se tiene amor en el corazón, se es un poeta muerto. Desde luego, lo que allí se pudo contemplar fue todo un derroche de amor, a San Juan de la Cruz y su poesía, al amor y al espíritu sin cuyo concurso nada sería posible.

Lástima que no hubiera un espacio mayor para que La Isla lo hubiera visto, hubiera visto que era verdad todo lo que ahora cuento.

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