Libertad es una de esas palabras bellas, blancas, que, de tanto manosearla, nos la hemos cargado. Libertad fue el vocablo fetiche de la más inteligente campaña publicitaria elaborada en la Transición, entregándole a Jarcha una canción imbatible, un jingle, que repetía con entusiasmo 'libertad sin ira'. En esa misma época la caspa nacional se inventó una palabra para contrarrestarlo: libertinaje, que es desenfreno en las obras y en las palabras. Hoy ya casi no se usa. Ahora se invoca la libertad para defender el pin parental, el negocio privado de los centros concertados, el consumo de marihuana, escribir un tuit cagándose en dios, aumentar los supuestos del aborto... Para que Cataluña se independice, para que Cataluña no se independice... Todas estas libertades, y muchas más, tienen efectos secundarios, que es lo que le pasa a la grandes palabras como amor o paz o patria, que, como todas las grandes palabras, en realidad, no existen.

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