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Libertad en peligro

Desde hace ya muchos años la extrema izquierda se ha hecho la dueña de la calle

En medio de sus fracasos, y no es el menor el que acaba de cosechar en la UE a cuenta de Gibraltar mientras el doctor Sánchez paseaba a su señora por Cuba, este Gobierno de defraudadores y corruptos casi sin exclusión está consiguiendo el éxito grande de crispar la vida ciudadana hasta cotas no conocidas en muchos años. Es posible que en la mente del okupa monclovita ello forme parte de las condiciones necesarias para el mantenimiento del poder, pues nada puede unir más en torno a un Gobierno desastroso que la idea de que lo que venga después puede ser mucho peor. En esa estrategia perversa puede jugar un cierto papel el uso de la violencia de baja intensidad, de la amenaza y de la coacción contra aquellos grupos o personas que alguien se encarga de señalar como objetivos. Hoy por hoy, a quienes destacan por su ignorancia de la corrección política, suelo común de una izquierda sin vuelo y una derechita sin alma.

Desde hace ya muchos años, desde los tiempos de Zapatero, y sin que los gobiernos del PP hicieran nada para impedirlo, la extrema izquierda con cualquier disfraz de ocasión -ecologista, feminista, antirracista...- se ha hecho la dueña de la calle, socavando la libertad de expresión e impidiendo el derecho de reunión mediante la utilización de la amenaza, los insultos y las agresiones, siempre impunes. En el último año, y sin que uno sea, aunque sólo fuere por razones de edad, precisamente un activista, he sido testigo presencial de tales hechos en no menos de media docena de ocasiones. Y lo peor no es que sucedan, sino la gran indiferencia, que raya la complicidad, de las autoridades, los medios y de buena parte de la sociedad. La Andalucía del paro, la pobreza, la corrupción, el fracaso educativo, la falta de horizontes, el estrangulamiento de la iniciativa privada, el sectarismo cultural, la memoria histórica falseada, el descuido del patrimonio, la degradación medioambiental, los bajos y malos servicios y el servilismo mediático era al menos un lugar de grata convivencia, en la que la violencia política estaba excluida desde hace mucho tiempo. Pero hoy, desde arriba, desde muy arriba, se alimentan hogueras liberticidas de odio y fanatismo. Las urnas domingueras pueden ser un buen apagafuegos, sobre todo ahora que por fin emerge un partido que desde su propio nombre invita a tomar la palabra a los por norma sin voz.

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