Lecturas ejemplares: Pemán e 'Interviú'

Quizás se deba a su marcada geometría cartesiana, pero tenemos para nosotros que el del Prado es el más parisino de los parques sevillanos. Tanto, que siempre nos extraña no encontrarnos allí a algún grupo de jubilados jugando a la petanca o de adolescentes magrebíes escuchando rap argelino bajo los palo rosa. Esta caprichosa sensación se ha acentuado en los últimos tiempos con la instalación en su periferia de uno de esos lumpenlibreros que venden en mantas tomos viejos y polvorientos a precio de Pictolín; un buquinista a su manera que despacha su mercancía con insobornable antipatía, pero que entre manuales de sexualidad de los setenta, novelitas de quiosco, ensayos sobre ovnis, desvencijados tochos de la editorial Reno, historias del socialismo o tratados sobre el Fuero de los Españoles, ofrece algunas delicatessen para los adictos a la letra impresa. Fue así como el otro día nos topamos con el rostro viejo de don José María Pemán en las cubiertas de un libro largamente esperado: Mis almuerzos con gente importante. Euforia y disimulo. Compra inmediata.

De Pemán guardábamos como oro en paño sus artículos completos, editados por su editorial Escélicer y encuadernados en un elegante y verde tafilete más suave que teta de novicia, como diría Cela o Cunqueiro, que ya no recordamos. En esas páginas aprendimos a leer a un autor como dieciochesco, que mezclaba el clasicismo formal con la luz y la sal de su Cádiz natal. Sin embargo, el Pemán de estos impagables almuerzos, por las primeras catas realizadas, es un escritor más moderno y desahogado, casi atropellado e hiperlábico, lleno de ironía y buen humor. Un gozo de lectura que se ve acrecentado, además, por el plus de morboso disfrute que dan algunos pecados. Leer hoy a Pemán, al que la "memoria histórica" ha condenado a la semiclandestinidad, surte un efecto que nos recuerda a esos trémulos recorridos por la revista Interviú de nuestra niñez, cuando descubríamos el latir de nuestra sangre ante los hermosos cueros de algunas de las más destacadas reinas de la farándula del momento.

Ahora que Bukowski parece una ursulina, resulta llamativo que sea un caballero de Montesa, beatón y monárquico, el que sirva para darle un poco de emoción al cotidiano hecho de leer. Podrán quitar su busto de su propia casa, borrar su nombre de calles y teatros, pero siempre nos quedarán sus libros para convocarnos al placer, como aquellas divas en fotos de grano gordo que amenizaron las largas horas de espera en la peluquería de la calle Niebla.

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